La mentira del último minuto
No me queda tiempo. Que va. Es imposible que en el poco tiempo que me queda haga algo productivo. Quince, veinte minutos. ¿Qué es eso? Nada. En ese tiempo es imposible escribir un artículo. Vamos, ni de bromas. Como mucho repetir la misma idea mil veces.
La vida esta hecha de segundos.
No sé si echarle la culpa a los profesores. A los padres o algún otro. A alguien habrá que echarle la culpa. O a uno mismo, ¿por qué no? si es a quien tengo más cerca y me voy a cansar menos y hasta caeré simpático.
El hecho es que cuando queda poco tiempo para acabar la jornada de trabajo nos puede entrar pereza. Es como la última hora de clase. Los cinco minutos antes de que acabe el turno en la oficina. Parece que total, para lo que queda.
Pues esos cinco minutos son físicamente iguales a los cinco minutos de a mitad del día. Si pudimos hacer algo con ellos antes, también ahora. ¿Qué ha cambiado? Nuestra actitud.
Los campeones se distinguen por décimas.
Y es que todo el mundo lo hace, y nos quedamos tan panchos. Con eso nos ponemos bonitos. Y además, casi, casi tenemos razón.
Todo el mundo lo hace, menos los campeones. Y es que la excelencia se distingue de la mediocridad a veces en unas simples décimas. En entrenarse con intensidad, en aprovechar cada momento, en decirse que uno está dispuesto a actuar como quien se quiere ser, en no dejarse avasallar por la manada de lemmings, en afirmar que se ha nacido para ser persona.
El tiempo es como los kilos.
Engorda 1 kilo al mes. ¿No es nada? Llámame dentro de un año. 12 kilos más. Llámame dentro de tres.
Al tiempo le pasa lo mismo. Una novela corta, por poner un ejemplo son 40.000 mil palabras. Yo en este ratito llevo algo más de 360. En diez días tendría 3600. En cuatro meses tendría casi un borrador de novela. No es ningún recórd, vale. Pero tendría una novela, quizás dos al año.
¿Me séguis?
Tu alma y tu vida no la puedo vivir por tí. Cierra esta página y sorpréndenos.

