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Sabiduría en práctica | Miguel de Luis

A imagen y semejanza de Dios, más o menos

| 21/07/2011 G+ | twitter | facebook

Cree­mos al hom­bre a nues­tra ima­gen y seme­janza –ordenó el Santo a sus ángeles.

Y sus ánge­les que­da­ron estu­pe­fac­tos. Por­que claro, Dios podía muy bien mode­lar arci­lla y sacar de allí un alma, pero el encargo de meter la Seme­janza de Dios en el hom­bre se lo dejó a sus ánge­les. Y éstos tuvie­ron un pequeño pro­blema téc­nico: la seme­janza de Dios no cabía en el hombre.

Lo inten­ta­ron, vaya sí lo inten­ta­ron. El pobre San Rafael, de lo que sudó, hizo nacer un río. Inten­ta­ron intro­du­cir la Seme­janza por la cabeza y algo quedó. Hicie­ron luego una prueba por el cora­zón, pero tam­poco. La Seme­janza de Dios que­daba infi­ni­ta­mente afuera.

Al final, San Miguel, sacó su espada ígnea y de un cer­tero tajo, cortó la Seme­janza donde aso­maba por el cuerpo de Adán. Como eso bastó para que Adán cobrara vida, a todos los ánge­les les pare­ció muy bien. No pre­gun­ta­ron su opi­nión al Altí­simo para, y cito, no moles­tarle. Desde enton­ces los ánge­les han estado haciendo lo mismo cada vez que nace un bebé.

Qui­zás por eso los huma­nos sea­mos tan afi­cio­na­dos a los apaños.

Pero lo impor­tante es recor­dar que hay algo divino en todos, que cada uno y una tiene su pedazo de la Seme­janza, que es abso­lu­ta­mente dife­rente a todas las demás y, sin embargo, sigue siendo el trozo des­ga­rrado de un Todo.

Dale tu ser al mundo. Nadie más puede hacerlo.

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