Sabiavida

Sabiduría en práctica | Miguel de Luis

El artesano del conocimiento

| 21/07/2011

Escribo el borra­dor de este artículo en un cua­derno de papel. Encuen­tro justo que sea la pluma el pri­mer ins­tru­mento de estos reglo­nes. Resulta que, para este mundo online vengo a reivin­di­car una nueva arte­sa­nía, siguiendo a los pri­me­ros pioneros.

¿Qué es un artesano?

La ima­gi­na­ción nos trae recuerdo de un señor sem­brado de canas, sen­tando en un taller pol­vo­riento, rodeado de penum­bra y colo­res cáli­dos, apa­rente des­or­den y pre­ci­sión en el tra­bajo. Lle­gan tam­bién olo­res de hones­ti­dad, lamen­tos de la pobre recom­pensa mone­ta­ria y satis­fac­ción con uno mismo y su esfuerzo.La con­ver­sa­ción del arte­sano empieza dulce, da fres­co­res de ale­gría al saberse escu­chado y acaba con el regusto amargo del que se sabe espe­cie en extinción.

Estoy seguro de que cono­ces el método de pro­duc­ción actual, supongo que tam­bién los pre­vios mode­los indus­tria­les y qui­zás te hayan lle­gado rumo­res sobre “gene­ra­cio­nes auto­má­ti­cas de ingre­sos” o “sema­nas de tra­bajo de dos horas”.

Dejadme pro­po­ne­ros otra cosa. Tra­ba­jar con exce­len­cia en lo que amáis para los demás. ¿Suena a “mundo de la tarta de fresa”? Ya veréis que no.

La exce­len­cia es sangre.

Sobran pro­duc­tos mal hechos. La cali­dad infe­rior sólo tiene sen­tido en el mer­cado si son bara­tos siem­pre que, al menos, cum­plan los mínimos.

¿Pero qué sen­tido tiene un pro­ducto de cono­ci­miento de baja cali­dad? Tengo a Aris­tó­te­les, a Marx, a Hegel, a Adam Smith y tan­tos otros. Sí, es cierto, no todo el mundo puede leer un manual de eco­no­mía, por ejem­plo, y apro­ve­charlo. Hacen falta divul­ga­do­res y desde luego un blog es una mag­ní­fica pla­ta­forma para ello y no hace falta ser un cien­tí­fico pun­tero para divul­gar cien­cia, ni filó­sofo para hablar de filosofía.

Y es que tengo tam­bién muchos medios –blogs, perió­di­cos, libros, pro­gra­mas de tele­vi­sión como Redes– de muy buena cali­dad a coste cero o casi. ¿Para qué nece­sito leer pam­pli­nas a medio pensar?

Líneas maes­tras.

Debo prohi­birme pro­du­cir con­te­ni­dos de baja cali­dad, lo que en la era de la infor­ma­ción lla­ma­mos ruido. Para ello debo ser orga­ni­zado, apa­sio­narme en mi labor y con­tro­lar pro­ce­sos y resultados.

Con­testo ahora, antes de que se me pre­gunte la razón del apa­rente fra­caso de la cali­dad. ¿Por qué encuen­tra la gente más valor en las tele­no­ve­las que en Rilke? Ya sé, las tele­no­ve­las pue­den tener tam­bién su cali­dad y sí, tam­bién sé que esta­mos com­pa­rando peras con tuer­cas, pero la res­puesta se encuen­tra en la polí­tica de comunicación.

¿Dónde se anun­cia Rilke? ¿Qué marca deja –en pre­sente– hoy? Sólo los inte­lec­tua­les, los afi­cio­na­dos a la poe­sía y algún aspi­rante a afi­cio­nado como yo, le recor­da­mos y dis­fru­ta­mos de él.

¿Pode­mos com­pe­tir con la industria?

Nues­tro feliz arte­sano con con­ver­sa­ción de regusto amargo no pudo com­pe­tir con la indus­tria. ¿Y un arte­sano del cono­ci­miento? Ya no tiene que andar solo; puede conec­tar con otros arte­sa­nos, e incluso con la indus­tria –que ya no tiene que ser enemigo– y for­jar alian­zas más o menos per­ma­nen­tes. Tiene en su orde­na­dor un herra­mienta casi tan sofis­ti­cada como la de cual­quier empresa. Puede conec­tar con todo el mundo, dejar su hue­lla. Sin más barre­ras que las del idioma y cul­tura – y ni estas son insu­per­ag­bles– puede posi­cio­narme en cual­quier lugar. No busca derro­car a la indus­tria, no lo nece­sita, pero puede hablar de igual a igual.

No lle­gará sin esfuerzo y sin un buen hacer. Si quiero comu­ni­car en Argen­tina, deberé encon­trar la manera de comu­ni­car a los argen­ti­nos. Si quiero hablar a los indo­ne­sios, ten­dré que desa­rro­llar empa­tía con su cul­tura. Pero, como ya he dicho, no tengo que hacerlo solo.

Tér­mi­nos de búsqueda:

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  • un arte­sano en la industria

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