Sabiavida

Sabiduría en práctica | Miguel de Luis

Cómo fabricar a tu familia 2/4

| 28/01/2012
Camión oxidado

CC Patrick Henson

Segunda parte de “Como fabri­car a tu fami­lia

El camino

Juan agotó el saldo de su móvil para con­se­guir el sí. A su madre no le gus­taba dis­cu­tir, siem­pre estaba triste y des­ani­mada. Para con­ven­cerla bas­taba con hablar mucho y Juan lo sabía mejor que nadie. Ganar siem­pre no le gus­taba del todo por­que era un poco como no tener madre, y no se sen­tía siem­pre seguro para tomar él solo sus deci­sio­nes. Pero en esa oca­sión estaba feliz, al menos pasa­ría la noche con alguien. De su casa buscó una cami­seta casi nueva y unos baña­do­res tipo short para dor­mir, los libros y los cua­der­nos de las asig­na­tu­ras y su nin­tendo. Por último cogió unos cal­zon­ci­llos, sólo por si acaso y bajó.

Juan le guió hasta la parada del auto­bús. Cogie­ron una ruta muy larga hasta las afue­ras de la ciu­dad. Al lle­gar a tér­mino se baja­ron y cami­na­ron cuesta arriba por un camino que de asfalto se hizo de tie­rra hasta inter­narse en un pinar salvaje.

–¿Estás seguro qué es por aquí?

–Sí, claro, es mi casa.

–¿Queda mucho?

–No. Juan, ¿quie­res olvi­darlo todo?

–No, siga­mos.

–Pri­mero te cuento un secreto.

–¿Estás metido en un lío?

Amigo 5 negó sin pala­bra. –Soy un robot.

–Anda, es muy tarde para bromas.

–Te lo demostraré.

Amigo 5 se des­co­nectó. Su boca se quedó abierta en la “e”, sin emi­tir sonido. Los pár­pa­dos seguían subidos. Ni siquiera res­pi­raba, pare­cía una extraña esta­tua de cera que alguien hubiera aban­do­nado en medio del monte.

–No hace gracia.

Juan se acercó.

–Te pellizco, como sigas fin­giendo te pellizco.

Nada.

–Vale, te lo bus­caste. –Juan aga­rró entre sus dedos un buen pellizco de la piel sin­té­tica de Amigo 5 y la retor­ció a izquierda y dere­cha. Amigo 5 seguía sin vida. –Venga, no te has muerto. –Juan apro­ximó su oreja al pecho de Amigo 5; no escu­chó nada. –¿No te has muerto Gumer, ver­dad?, des­pierta Gumer, des­pierta. Juan abrazó a Gumer y le gol­peaba y le lla­maba, tra­tando de que reac­cio­nara hasta que éste cayó, tal cual estaba, como una estatua.

–Gumer…

Amigo 5 se reac­tivó. –He vuelto. Per­dona no que­ría hacerte pasar miedo. Soy un robot, ¿me crees ya?

–Sí. –Juan miró hacia los lados, bus­cando las cáma­ras de algún bromista.

–Tengo otro secreto. Me voy a rom­per, a dejar de exis­tir, a morirme si lo pre­fie­res, y pronto. Yo y mi fami­lia, tam­bién. ¿Nos ayudas?

–Vale.

–Muchas Gra­cias. Ahora pue­des venir a mi casa. –En ese momento un ascen­sor emer­gió de lo alto de un cerro cercano.

Emba­jada cul­tu­ral extraterrestre

Juan dudaba en salir del ascen­sor. Ante él había un pasi­llo de color crema y moqueta gra­nate. Cua­dros de William Bou­gue­reau, su pin­tor favo­rito, col­ga­ban de las pare­des como en un museo; sonaba su música favo­rita. Alguien se estaba tomando muchas moles­tias para hacerle feliz.

–No pasa nada si ensu­cias el suelo, Juan, tene­mos lim­pieza robot. –Amigo 5 son­rió pero Juan se quedó cla­vado en el sitio, enten­diendo que era una máquina quien le son­reía ahora. –Pero si quie­res entrar en cal­ce­ti­nes tam­bién está bien. A mi madre seguro que le gusta más.

Juan asin­tió y se quitó los zapa­tos con los pies. El robot le imitó y entra­ron jun­tos. Se abrió la puerta del fondo y una voz feme­nina, basada en Obje­tivo 7.35 con un toque de mayor cali­dez y menor can­san­cio, les invitó a entrar. Lle­ga­ron a un salón con forma de herra­dura. La parte curva era un inmenso ven­ta­nal desde la que se divi­saba la ciu­dad ilu­mi­nán­dose para la noche. Un tre­si­llo amplio y blan­dito les esperaba.

–Sen­táos.

Tras Gumer, Juan se sentó en el sofá, muy rígido, como si tuviera que hablar con un pro­fe­sor tras haber hecho una tras­tada. Enton­ces una luz azul bajó del techo y ante ellos se formó una figura feme­nina ves­tida de vaque­ros, jer­sey y calcetines.

–Salu­dos, Juan. Yo me llamo Madre 4.7 y soy la Inte­li­gen­cia Arti­fi­cial que gobierna esta Emba­jada. No ten­gas miedo, por favor, nece­si­ta­mos tu ayuda. Tú pue­des sal­var­nos. Por favor, ¿quieres?

–Bueno, pero yo no sé nada de robots, lo saben, ¿verdad?

–Lo sabe­mos. Nece­si­ta­mos un amigo, no un ingeniero.

–Vale… supongo…que sí y eso y ¿qué tengo que hacer?

–Ver una pelí­cula. Des­pués deci­di­rás si quie­res ayu­dar­nos o no.

La sala quedó un momento a oscu­ras. Luego el ven­ta­nal se con­vir­tió en una pan­ta­lla 3D. La pelí­cula empe­zaba en un obser­va­to­rio astro­nó­mico, luego la cámara se diri­gió al sec­tor del cielo que domina la estre­lla Alde­ba­ran. Desde allí, esco­gió otra estre­lla, y de ella un pla­neta de mares, con­ti­nen­tes y atmósfera.

Ayu­dante 1, que pare­cía poco más que un cubo con rue­das, apa­re­ció enton­ces con un desa­yuno de leche humeante y mag­da­le­nas de cho­co­late. Era casi de noche, pero a Juan no le importó el deta­lle. Qui­zás era lo más nor­mal de toda la situa­ción, sobre todo ahora, que veía a Gumer, el robot, comiendo feliz.

La pelí­cula mos­traba ahora el ama­ne­cer de la estre­lla sobre el pla­neta. Una mul­ti­tud antro­po­morfa, con cua­tro dedos por mano, se afa­naba en levan­tar algo pare­cido a una pirá­mide faraó­nica. La estre­lla se posó y nació miles de veces a toda velo­ci­dad, hasta vol­ver a nacer mayor sobre la lla­nura. El pue­blo alie­ní­gena había cons­truido una gran ciu­dad pro­te­gida bajo una cúpula oscura y tras­lú­cida. En su inte­rior seres vivos y robots com­par­tían los días. La cámara se acer­caba a la estre­lla, enfo­cando sus man­chas y lla­ma­ra­das, cada vez más ame­na­zan­tes. Luego iba a un grupo de cien­tí­fi­cos, que caían dor­mi­dos, haciendo cálcu­los. Afuera había que­dado la gran pirá­mide soli­ta­ria en torno a un mar de extra­ños esque­le­tos y tron­cos resecos.

Las letras “Pro­yecto Vida Nueva” apa­re­cie­ron en la pan­ta­lla. Un cohete empren­dió viaje al espa­cio. Den­tro sólo había dos gran­des orde­na­do­res y cua­tro máqui­nas auto­ma­ti­za­das: Cons­truc­tor 1, 2, 3 y 4.

–Cons­truc­tor 3 me fabricó a mí

–Vale, ¿y la gente?

La pelí­cula mos­traba ahora la estre­lla cre­ciendo hasta casi engu­llir el pla­neta; sobre la super­fi­cie la pirá­mide sagrada había comen­zado a derretirse.

–¿Se murie­ron?

–Todos.

La sala enton­ces se ilu­minó y la pan­ta­lla se quedó en blanco. Madre 4.7 vol­vió a tomar forma.

–No estés triste. Todo eso suce­dió hace mile­nios. Pero ahora te nece­si­ta­mos. Verás Cons­truc­tor 3 es ya muy viejo, vie­jí­simo para una máquina, y es el único que queda de los cons­truc­to­res y no pode­mos fabri­car más con los recur­sos que dis­po­ne­mos. Cuando se estro­pee del todo, noso­tros nos ire­mos des­gas­tando y ya no habrá nadie que nos renueve. Pero eso está bien si deci­des ayudarnos.

–¿Cómo?

–Apren­diendo.

–Pero, ¿por qué yo?, ¿por qué no alguien mejor como un pro­fe­sor de uni­ver­si­dad o experto en cosas extra­ñas del espa­cio o algo?

–¿Cono­ces a los egip­cios y sus pirámides?

–Sí, lo he estu­diado un poco, creo.

–Eso es, los has estu­diado, pero ya han des­a­pa­re­cido, no pue­des hablar con uno de ellos, ni com­par­tir sus emo­cio­nes, ni sen­tarse a su lado, ni apren­der de ellos. Por eso te bus­ca­mos a ti. Nece­si­ta­mos alguien a quien educar.

–Un niño.

–Exacto. Noso­tros sere­mos como tu fami­lia de Data­dad y así, cuando estés pre­pa­rado, Data­dad podrá hablar con tu mundo y nues­tras emo­cio­nes, nues­tra cul­tura y nues­tro arte bai­la­rán en una nueva vida.

Apren­diendo

Juan jugó con Gumer lo que que­daba de la tarde, usando la gran pan­ta­lla como una con­sola. Dur­mie­ron jun­tos en una habi­ta­ción con estufa, alfom­bra y dos peque­ñas camas de roble con dosel. El niño tardó un poco más en dor­mirse en parte por­que para el robot sólo era nece­sa­rio eje­cu­tar un pro­grama, y en parte por­que pre­ci­sa­mente su amigo de los fines de semana había resul­tado ser una máquina. Se sin­tió un poco como si viviera en un juego y en momen­tos sin­tió miedo. Pero todos habían sido tan ama­bles y aque­lla habi­ta­ción tan cálida que acabó por des­li­zarse bajo la manta y cerrar los ojos.

Desa­yu­na­ron lo mismo que la cena. Madre 4.7 le recordó los debe­res y se puso a hacer­los en el salón, sobre un pupi­tre que salió de la pared. La inte­li­gen­cia arti­fi­cial le ayudó detec­tando los erro­res casi al mismo tiempo que los escri­bía, de modo que ter­minó muy rápido. Jugó des­pués un rato con Gumer en el monte y, desde allí baja­ron por un veri­cueto empi­nado, de esos que te sacan el cora­zón de miedo, hasta una esta­ción de cercanías.

Juan vol­vió con su madre y no le contó más que había hecho los debe­res, había cenado y desa­yu­nado y había jugado con su amigo. Y pasa­ron dos, tres sema­nas y a la cuarta Gumer lo vol­vió a invi­tar. Juan aceptó de nuevo, esta vez sin pen­sar. Aque­lla tarde de sábado comenzó su apren­di­zaje. Le leye­ron un cuento infan­til de aquel pla­neta, que se lla­maba algo pare­cido a Data­dad que, por lo que enten­dió, sig­ni­fi­caba algo así como Gran Casa. Tam­bién le ense­ña­ron los fone­mas bási­cos de Tol­kie­nia, su len­gua más popu­lar y le deja­ron escu­char algo de música. Para el domingo por la mañana vol­vió a sus debe­res y a los juegos.

Fue pasando más tiempo con su fami­lia robó­tica. Al final del segundo de la ESO había lle­gado a tener casi tan­tos sobre­sa­lien­tes como asig­na­tu­ras. Al mismo tiempo ya podía cha­pu­rrear algu­nas pala­bras en Tol­kie­nia con Gumer y escri­bir algu­nas más en su pre­ciosa gra­fía. Por lo demás era feliz. Fue al cam­pa­mento, como todos los años, y pasó dos sema­nas en el pue­blo y tres días en la playa, con su madre, pero casi todo el resto del tiempo lo pasó con Gumer en su casa. El verano ante­rior había gas­tado esos días en tra­tar de diver­tirse, sopor­tar la caní­cula y evi­tar a los que que­rían robarle o liarle para que robara para ellos.

Tras las vaca­cio­nes se defen­día en Tol­kie­nia y cono­cía mejor la his­to­ria de Data­dad que la pro­pia. Ya se había dado cuenta de que los cien­tí­fi­cos alie­ní­ge­nas habían cui­dado la didác­tica; sus mejo­res pro­fe­so­res habían dise­ñado su apren­di­zaje y Madre 4.7 y Gumer sólo tenían que adap­tar alguna cosa. Ni siquiera tenía la sen­sa­ción de estar estu­diando, sólo apren­diendo, como un niño pequeño, aun­que mucho más rápido.

Y llegó ter­cero de la ESO.

La muerte de Gumer

A: juan_eldemalasuerte@sadneyel.com

De: gumer_amigo_5@sadneyel.com

Asunto: Me muero (no es una broma) :(

Hola Juan. ¿Sabes?, me voy a morir. Ya sabes que no me dan miedo esas cosas. Te lo digo para que te lo sepas. Es por lo visto un com­po­nente de mi uni­dad de gno­sis, como la placa base de un orde­na­dor, aun­que es otra cosa, pero es para que lo entien­das mejor así. Bueno pues se está estro­peando por­que entró moho y lo van a tener que cam­biar antes de que se rompa todo. Y cuando lo cam­bien pues lo más impor­tante de mi se aca­bará. Hay cosas de mí que van a poder sal­var, mi cuerpo y mucha de la infor­ma­ción pero no toda. No tengo un disco duro, es más complicado.

Bueno, sé que te vas a poner triste, pero no que­ría enga­ñarte. Cuando me vuel­vas a ver seré Amigo 6 y no Gumer ni Amigo 5. Espero que no te parezca muy raro. Si vas a llo­rar piensa que soy una máquina.

Recuér­dame, gracias.

PD: Me moriré el jue­ves, a las cua­tro y media. Des­pués ya no te podré contestar.

Gumer tuvo que morir la tarde de un jue­ves cual­quiera de febrero. Juan se enteró el vier­nes, en el rato que le deja­ban conec­tarse a Inter­net en el cole­gio y no dijo nada. Sé quedó pro­fun­da­mente en silen­cio y sólo habló lo justo para que le deja­ran en paz y no tener que res­pon­der pre­gun­tas moles­tas. Ese sábado fue él solo a la casa de Gumer, sin su nin­tendo, sólo con los debe­res en la mochila. No sabía como debía sen­tirse, pero estaba triste, como se está por una per­sona aun­que supiera que no era real.

Amigo 6 le reci­bió junto al ascen­sor del monte. Cons­truc­tor 3 había colo­reado su pelo sin­té­tico para que pare­ciera rubio y tuviera ojos azu­les; la piel un poco más pálida.

–Bue­nas tar­des, bien­ve­nido a la Emba­jada Cul­tu­ral de Data­dad. Muchas gra­cias por venir. Me han asig­nado el nom­bre de Feli­ciano –Juan casi se ríe y se sin­tió cul­pa­ble– ¿Quie­res ver el recuerdo de Gumer?

–Muy bien.

Amigo 6 guió a Juan a un árbol; bajo sus ramas habían dis­puesto una pequeña urna de cerá­mica con el nom­bre de Gumer. –Lo habéis hecho como en Datadad.

–Exac­ta­mente. Casi. En Data­dad no se hicie­ron nunca recuer­dos a las máqui­nas, pero Madre 4.7 dijo que sería bueno para ti.

Aque­lla tarde Juan había venido ves­tido de gris, con sus ropas más vie­jas, como en Data­dad. Se quitó los zapa­tos en cuanto estuvo en la emba­jada, man­tuvo silen­cio, guardó ayuno, y se acostó tem­prano como en Data­dad. Ese día no apren­dió nada nuevo, sino que vivió como si alguien de aque­lla espe­cie guar­dara luto. Al día siguiente hizo sus debe­res y pasó algún rato con Amigo 6, aun­que ya nunca como antes. Gumer había sido pri­mero su amigo y des­pués una máquina y casi siem­pre podía olvi­dar lo segundo. A Amigo 6 le había cono­cido como robot y como robot se quedaría.

Por lo demás la nor­ma­li­dad vol­vió en seguida y, a su buen tiempo, llegó la Navidad.

– Con­ti­nuará –

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