Sabiavida

Sabiduría en práctica | Miguel de Luis

El precio de la desconfianza

| 21/07/2011

No seas tonto, te dicen, no con­fies en nadie, estáte siem­pre en guar­dia. Y los que así te cuen­tan se tie­nen por “más sabios” por­que “saben más de la vida”, por “haber vivido más”. Y pien­san tam­bién que es lo mejor en cual­quier caso. Si luego resulta que no me están enga­ñando pues mejor, pero más vale estar pre­pa­rado, por si acaso. En lo que no caen estos exper­tos de todo es que por la des­con­fianza tam­bién hay que pagar un pre­cio. Hay cos­tes evi­den­tes, incluso nece­sa­rios, pero que por ser nece­sa­rios no dejan de ser un mal. Habla­mos de las cár­ce­les, la poli­cía, el ejér­cito, los sis­te­mas de alerta tem­prana y los ser­vi­cios de inte­li­gen­cia. Puede que no nos quede más reme­dio que tener­los pero son un coste y no siem­pre, ni en todos los casos las mejor política.

En nues­tra vida dia­ria, la falta de con­fianza pro­duce opor­tu­ni­da­des per­di­das. Tam­bién resen­ti­miento y una sen­sa­ción de impo­ten­cia que nos impide trans­for­mar el mundo, con­for­mán­do­nos con acep­tarlo tal como es o poner par­ches. Así mue­ren muchas ideas inno­va­do­ras en las empre­sas, se para­li­zan las admi­nis­tra­cio­nes públi­cas, se crean resis­ten­cias en los clien­tes y con­vierte a las ong en ins­ti­tu­cio­nes. Ya sea­mos noso­tros quie­nes des­con­fie­mos, ya sean otros los quie­nes des­con­fían de noso­tros, justa o injusta, la des­con­fianza genera pérdidas.

¿Y qué hacer? ¿Abra­zar el poder de las flo­res y amor uni­ver­sal de kumbayá?

Lo pri­mero es ser digno de confianza

Se habla mucho de “gene­rar con­fianza”, cen­trán­dose dema­siado en las apa­rien­cias. Casi, casi se trata a la con­fianza como si fuera un pro­ducto indus­trial de forma que uno puede meter mate­rias pri­mas en una máquina para que nos devuelva la con­fianza empa­que­tada. No me extra­ña­ría que pronto ven­die­ran alguna en la teletienda.

Sí, por supuesto que hay que tener en cuenta la ima­gen que pro­yec­ta­mos, pero por lo que le he enten­dido a Andrés Pérez Orte­ga­ca­che esa ima­gen debe ser pro­yec­ción de una reali­dad digna de confianza.

Sí, es bueno que te per­ci­ban como alguien fia­ble, pero lo pri­mero es cum­plir con la pala­bra dada. Sí, es bueno que anun­cies tu pun­tua­li­dad y tu com­pro­miso de ser buen paga­dor, siem­pre que efec­ti­va­mente lo seas. Y no, nadie exige, ni cree per­fec­cio­nes, pero sí en un modo de actuar que se tra­duce en hechos.

Lo segundo es asu­mir riesgos.

La pre­gunta no es hasta donde, o desde cuándo se puede con­fiar en una per­sona. Pon­gas los fil­tros que pon­gas, exa­mi­nes como exa­mi­nes a alguien, sólo pue­des saber, en el mejor de los casos, cual es su dis­po­si­ción en este momento. Dicho de otro modo, no hay forma de pre­de­cir con segu­ri­dad lo que una per­sona hará en el futuro. Y esto vale tanto para matri­mo­nios, como para los ami­gos o los socios. Ni siquiera pue­des depo­si­tar plena con­fianza en tí mismo. De acuerdo, es poco pro­ba­ble que te trai­cio­nes cons­cien­te­mente pero nadie está libre de error.

¿Y qué hacer? ¿Escon­derse en un búnker?

No, tomar la deci­sión de con­fiar a pesar de no tener segu­ri­da­des abso­lu­tas. Eso sí, tener meca­nis­mos para ase­gu­rarse de que una trai­ción no suponga el colapso. El tra­bajo de todo el mundo debe pasar por un con­trol de cali­dad, y eso incluye el tuyo pro­pio. Y sí, tam­bién habrá gente con la que no pue­des tener tra­tos y punto por­que han vivido ins­ta­la­dos en el engaño.

¿Y si pasa?

Pues pasó y segui­mos ade­lante. Vivir es un riesgo; vivir como si fue­ras una tor­tuga pro­te­gida bajo un inmenso capa­ra­zón tam­bién y cami­nas mucho más despacio.

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