Sabiavida

Sabiduría en práctica | Miguel de Luis

Escala

| 22/07/2011

Es muy fácil pasar de largo junto a un niño que vive en la calle. Lo sé por­que lo he visto con­ver­ti­dos en ele­men­tos móvi­les del pai­saje urbano. El niño de la calle sufre una curiosa trans­for­ma­ción, empieza siendo un gato, capaz y resuelto, se con­vierte en un perro viejo y acaba por des­a­pa­re­cer como un fan­tasma, sin que nadie se extrañe y se conmueva.

Un señor tenía tanto miedo que se hizo un cas­ti­llo sin ven­ta­nas ni puer­tas para que nadie pudiera entrar. Desde enton­ces vive pri­sio­nero de su pro­pia fortaleza.

Este es nues­tro pro­blema: hemos apri­sio­nado nues­tro cora­zón por­que nos da miedo el mundo. El valor es la pri­mera vir­tud. Reser­varse las opi­nio­nes puede ser nece­sa­rio, pero la men­tira es cobar­día. El valor engen­dra la hones­ti­dad y rompe muros, empe­zando por los de nues­tro pro­pio cora­zón. Sin valen­tía no se puede con­fiar, ni espe­rar, ni com­par­tir, ni amar, ni dejar que nadie sea libre.

Teme­mos al mundo y con razón. Hacer el bien es bus­carse pro­ble­mas. Pero no hacer el bien es morir. Con el tiempo esa mura­lla que hemos cons­truido tan labo­rio­sa­mente alre­de­dor de nues­tro cora­zón nos posee y se hace todo de piedra.

La gene­ro­si­dad es de los valientes.

No es mi pro­pó­sito pro­vo­ca­ros pena. Sería inú­til. Para la pena, para la com­pa­sión, es pre­ci­sa­mente para lo que hemos cons­truído esa mura­lla. Teme­mos y, repito, con razón lo que pode­mos hacer si deja­mos que nues­tro cora­zón se com­pa­dezca. Y es que la com­pa­sión es pode­rosa, tanto que se la con­funde con un dios, y ese poder asusta.

¿Sabéis lo que sig­ni­fica? Pade­cer con, sen­tir como pro­pias las ale­grías y tris­te­zas de alguien, estar a su lado y actuar en con­se­cuen­cia. Algu­nos les parece increí­ble­mente difí­cil, una epo­peya al alcance sólo de héroes como los niños con sín­drome de Down.

Si nos com­pa­de­ce­mos no pode­mos vivir de cual­quier manera. Es impo­si­ble creer que con­su­mir nos traerá la liber­tad y com­pa­de­cerse al mismo tiempo. Como mucho podre­mos abrir ven­ta­nas medi­das en nues­tro mundo y lla­mar­las “tele­ma­ra­tón”, “navi­dad” o “soli­da­ri­dad” y soli­da­ri­dad de pil­tra­fi­llas, pre­gun­tadle a un banco que sig­ni­fica un prés­tamo soli­da­rio. ¿Os asom­brará la respuesta?

Las obli­ga­cio­nes soli­da­rias son aque­llas en las que, con­cu­rriendo varios acree­do­res y deu­do­res cada acree­dor tiene dere­cho a pedir y cada deu­dor debe pres­tar ínte­gra­mente la deuda.

Están bien esas ven­ta­nas, per­mi­ten que nues­tro cora­zón no se asfi­xie, pero ape­nas le dejan aire. No son sufi­cien­tes para soñar. No bas­tan para hacerse san­tos. No bas­tan para que seas quien eres. Sir­ven lo mismo que el patio al preso, un aire impres­cin­di­ble para sobre­vi­vir, insu­fi­ciente para ser.

Escala tu muralla.

Esto es lo que pro­pongo. Escala tu mura­lla, te pare­cerá impo­si­ble, tan alta y gruesa la has hecho. Y sin embargo pue­des, pue­des ahora mismo, tú dise­ñaste los pla­nos y pusiste los ladri­llos. Cono­ces sus aga­rra­de­ras y sus pun­tos débiles.

Escala tu mura­lla y cuando la tele­vi­sión mues­tre algo digno de llo­rar, llora y piensa y haz

Escala tu mura­lla y cuando te topes con algo indigno, indíg­nate, y piensa y haz

Escala tu mura­lla y cuando te topes con la men­tira, grita men­tira, y piensa y haz

Escala tu mura­lla y cuando te topes con lo impo­si­ble, rebé­late, y piensa y haz lo que pue­das hacer

Escala tu mura­lla y cuando te sien­tas solo para luchar, ábrete y piensa, y encuen­tra amigo, écha­les una cuerda, una escala, fabrí­ca­les un ascen­sor si hace falta para que aban­do­nen tam­bién sus murallas

Lucha, trepa, no mires abajo, te va tu vida en ello. Vive o aban­dó­nate hasta tener tu cora­zón de pie­dra. Si te com­pa­de­ces sólo ten­drás una manera de vivir, pero, mira por donde, resulta que es tu única vida verdadera.

Tér­mi­nos de búsqueda:

  • He cons­truido una mura­lla alre­de­dor de mi corazon

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