“No hay bien alguno que nos deleite si no lo compartimos” ~ Séneca
Quieres que tu vida sirva para los demás. He observado que hay dos clases de gente buena: faros y guardacostas.
Faro
Las personas faro practican la virtud. Se sienten llamadas a separarse de la vida normal y a alzarse muy por encima de las expectivas comunes para luego ofrecer su luz librememente a todos. Un faro se podría sentir cómodo escribiendo libros o llevando un blog, por ejemplo, pero confía en que mejorándase a sí mismo todo lo demás venga como un fruto natural.
El faro no necesita conocer a quien ayuda. A veces le pica la curiosidad, y, sí, le encanta encontrarse con aquellos a quienes ha seguido, pero sabe que la mayoría de las veces no ocurrirá. Ha escogido una vida solitaria y necesita fe en que su ejemplo llegará a otros y confianza en que esos otros serán fieles.
El faro debe vigilarse a sí mismo. Si su vanidad lo eleva por encima de sus cimientos se desplomará en la primera tormenta. Si no mantiene su lámpara limpia, si no se enciende y apaga a su hora, llevará a los barcos antes las rompientes y no a la salvación.
El faro sabe también que no puede ayudar a todo el mundo. La luz sólo sirve a los barcos que pueden maniobrar. El ejemplo de la virtud sólo sirve a aquellas personas que conservan al menos un hálito de esperanza en sí mismas. El barco que no puede maniobrar está condenado y la luz del faro sólo sirve a su tripulación para confirmar este hecho. La persona que ha perdido toda esperanza en sí misma sólo ve en el ejemplo de las buenas aquello que nunca podrán ser. Es la hora del guardacostas.
Guardacostas
Las personas guardacostas salen a la vida buscando a quien está en peligro. Viven con los ojos abiertos, se embarcan en proyectos solidarios. Estan quietas el tiempo justo para descansar y ni un momento más. Si hoy combaten una injusticia, mañana alivian los efectos de una catátrofe y al día siguiente participan en una acción de difusión del reciclaje. Y a veces todo a la vez.
Las personas guardacostas deben vigilarse a sí mismas. La solidaridad puede ser adictiva, tanto que la vanidad les puede llevar a olvidarse que los pobres no están ahí por ellos, sino ellos por los pobres. Enrabiarán si alguien no se siente agradecidos de sus desvelos, e incluso se arriesgarán a preguntarse por qué ayudan.
Un niño de cinco años podría responder: “Porque les duele, si a alguien le duele algo, tú le ayudas”
El guardacostas sabe que no puede socorrer a todo el mundo. Es una persona con días contados y recursos finitos. Debe elegir a quien ayuda: normalmente en quienes están peor, aquellos precisamente a los que menos puede ayudar el faro.
Faros y Guardacostas
Ya os habréis dado cuenta de que nadie es puramente un faro, ni un guardacostas. Normalmente, tenemos un poco de ambos, y de naufrágos y… de más cosas. Mejor que de personas, debería haber hablado de papeles, que vamos adoptando. A veces la vida nos lleva más a adoptar un papel que otro: con noventa años es más fácil ser faro que guardacostas. Otras la persona faro debe volcarse una temporada en la acción para aprender lo que no puede leer en los libros, encontrar en su interior ni incluso rezando sólo con Dios. Otras la persona guardacostas deberá trabajar en su interior para tener algo que ofrecer. La sabiduría estará en saber en cada momento, de acuerdo a tus límites y las necesidades de los demás, qué papel tomar.
¿Y tú, eres faro o guardacostas?
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