Sabiavida

Sabiduría en práctica | Miguel de Luis

Faros y guardacostas

| 22/07/2011

No hay bien alguno que nos deleite si no lo com­par­ti­mos” ~ Séneca

Quie­res que tu vida sirva para los demás. He obser­vado que hay dos cla­ses de gente buena: faros y guardacostas.

Faro

Las per­so­nas faro prac­ti­can la vir­tud. Se sien­ten lla­ma­das a sepa­rarse de la vida nor­mal y a alzarse muy por encima de las expec­ti­vas comu­nes para luego ofre­cer su luz libre­me­mente a todos. Un faro se podría sen­tir cómodo escri­biendo libros o lle­vando un blog, por ejem­plo, pero con­fía en que mejo­rán­dase a sí mismo todo lo demás venga como un fruto natural.

El faro no nece­sita cono­cer a quien ayuda. A veces le pica la curio­si­dad, y, sí, le encanta encon­trarse con aque­llos a quie­nes ha seguido, pero sabe que la mayo­ría de las veces no ocu­rrirá. Ha esco­gido una vida soli­ta­ria y nece­sita fe en que su ejem­plo lle­gará a otros y con­fianza en que esos otros serán fieles.

El faro debe vigi­larse a sí mismo. Si su vani­dad lo eleva por encima de sus cimien­tos se des­plo­mará en la pri­mera tor­menta. Si no man­tiene su lám­para lim­pia, si no se enciende y apaga a su hora, lle­vará a los bar­cos antes las rom­pien­tes y no a la salvación.

El faro sabe tam­bién que no puede ayu­dar a todo el mundo. La luz sólo sirve a los bar­cos que pue­den manio­brar. El ejem­plo de la vir­tud sólo sirve a aque­llas per­so­nas que con­ser­van al menos un hálito de espe­ranza en sí mis­mas. El barco que no puede manio­brar está con­de­nado y la luz del faro sólo sirve a su tri­pu­la­ción para con­fir­mar este hecho. La per­sona que ha per­dido toda espe­ranza en sí misma sólo ve en el ejem­plo de las bue­nas aque­llo que nunca podrán ser. Es la hora del guardacostas.

Guar­da­cos­tas

Las per­so­nas guar­da­cos­tas salen a la vida bus­cando a quien está en peli­gro. Viven con los ojos abier­tos, se embar­can en pro­yec­tos soli­da­rios. Estan quie­tas el tiempo justo para des­can­sar y ni un momento más. Si hoy com­ba­ten una injus­ti­cia, mañana ali­vian los efec­tos de una catá­trofe y al día siguiente par­ti­ci­pan en una acción de difu­sión del reci­claje. Y a veces todo a la vez.

Las per­so­nas guar­da­cos­tas deben vigi­larse a sí mis­mas. La soli­da­ri­dad puede ser adic­tiva, tanto que la vani­dad les puede lle­var a olvi­darse que los pobres no están ahí por ellos, sino ellos por los pobres. Enra­bia­rán si alguien no se siente agra­de­ci­dos de sus des­ve­los, e incluso se arries­ga­rán a pre­gun­tarse por qué ayudan.

Un niño de cinco años podría res­pon­der: “Por­que les duele, si a alguien le duele algo, tú le ayudas”

El guar­da­cos­tas sabe que no puede soco­rrer a todo el mundo. Es una per­sona con días con­ta­dos y recur­sos fini­tos. Debe ele­gir a quien ayuda: nor­mal­mente en quie­nes están peor, aque­llos pre­ci­sa­mente a los que menos puede ayu­dar el faro.

Faros y Guardacostas

Ya os habréis dado cuenta de que nadie es pura­mente un faro, ni un guar­da­cos­tas. Nor­mal­mente, tene­mos un poco de ambos, y de nau­frá­gos y… de más cosas. Mejor que de per­so­nas, debe­ría haber hablado de pape­les, que vamos adop­tando. A veces la vida nos lleva más a adop­tar un papel que otro: con noventa años es más fácil ser faro que guar­da­cos­tas. Otras la per­sona faro debe vol­carse una tem­po­rada en la acción para apren­der lo que no puede leer en los libros, encon­trar en su inte­rior ni incluso rezando sólo con Dios. Otras la per­sona guar­da­cos­tas deberá tra­ba­jar en su inte­rior para tener algo que ofre­cer. La sabi­du­ría estará en saber en cada momento, de acuerdo a tus lími­tes y las nece­si­da­des de los demás, qué papel tomar.

¿Y tú, eres faro o guardacostas?

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