Sabiavida

Sabiduría en práctica | Miguel de Luis

Invisible, un cuento de dos miedos

| 06/11/2011 G+ | twitter | facebook

CC –by David Paul Ohmer

Fic­ción

Rubén estaba llo­rando de ham­bre, con la cabeza entre las rodi­llas, sen­tado sobre la cripta del cemen­te­rio que usaba de vivienda. Ya no se acor­daba de cuando su madre le dejara aban­do­nado al frío de las som­bras gri­ses del cemen­te­rio; años quizá, pero estos últi­mos cinco días habían sido los más dolo­ro­sos de su joven vida. El domingo ante­rior la fiebre le había enca­de­nado a su cama de pie­dra hasta hacía ape­nas unas horas, cuando su enfer­me­dad se des­va­ne­ció de repente. En todo ese tiempo no había sido capaz de rebus­car comida en la basura, ni men­di­gar, ni siquiera que­jarse a pesar de la angus­tia el sudor y el dolor — ¿de qué vale llo­rar cuando nadie escucha?

Ya nadie amaba a Anto­nia, la señora del bolso rojo que había vivido con una son­risa en la cara hasta hacía ape­nas 7 años. La señora, que aún recor­daba los días de pros­pe­ri­dad del 2007 cuando España era una nación rica, luchaba por sobre­vi­vir con una modesta pen­sión. Ahora en el año 2043 los 1200 euros que lle­vaba en el bolso ape­nas le per­mi­ti­rían com­prar arroz, cebo­llas, algo de pes­cado y una pasta que podía hacer pasar por gam­bas tro­cea­das. Enri­que, su muy que­rido Enri­que, el que le rega­laba ánge­les de besos y cora­zo­nes de cari­cias, había muerto en su cama sin que­jarse un sólo día de la falta de medi­ci­nas para su cán­cer. “Sin dar la lata”, como él decía, casi pidiendo per­dón por estar enfermo, aguantó dos años ente­ros hasta que hacía exac­ta­mente cinco años, mien­tras leía el Evan­ge­lio a su muy que­rida Anto­nia, dejó de res­pi­rar. A veces a Anto­nia le pare­cía que toda­vía podía escu­charle: “Per­ma­ne­ced en mi amor”.

Por amor a Enri­que, Anto­nia se enfren­taba todos los días a los zom­bis que pla­ga­ban los cementerios.

Aque­lla vez Anto­nia tuvo que sacar todo su valor. Des­pués de un fre­né­tico día en el mer­ca­di­llo de ropa usada se le había hecho muy tarde para su visita dia­ria al cemen­te­rio. Así, bajo la llu­via, entre el frío, sobre el barro y rodeada de maci­len­tos cipre­ses se enca­minó de noche por el sen­dero que lle­vaba al cemen­te­rio viejo. Y aún mil demo­nios guar­da­ran la puerta hubiera visi­tado a su muy que­rido Enri­que el que le había lle­nado sus ojos de poe­sías de son­ri­sas con cada mirada de su vida.

Anto­nia no vio por el camino ni el más débil bri­llo de nin­gún fan­tasma. Fue inca­paz de escu­char los llo­ros de María, la joven que se sui­ci­dara des­pués de que su novio matara a su bebé y ahora vagaba deses­pe­rada con una muñeca de trapo de la basura. Tam­poco a la pequeña Anita que volaba entre los árbo­les bus­cando a su mamá, ni a nin­guno de los otros espí­ri­tus que seguían murién­dose de tris­teza cerca del cam­po­santo. Anto­nia no creía en demo­nios, ni fan­tas­mas ni papa­rru­chas; sólo temía que los zom­bis la pega­ran y la roba­ran por cual­quier cosa

¡Zombi! Rubén odiaba esa pala­bra casi tanto como ladrón. La pri­mera la usaba la gente para insul­tarle sólo por­que vivía como los muer­tos; la segunda por­que todos supo­nían que como era un niño pobre debía robar. Eso era men­tira. Puede que si estu­viera real­mente deses­pe­rado cogiera alguna cosa o, bueno, vale, dos del super­mer­cado, pero eso no era razón para que lo lla­ma­ran ladrón. Por que no era un ladrón todo el rato.Al fin y al cabo había com­par­tido su comida, incluso lo último que le que­daba, con muchos niños como él y a nadie se le había ocu­rrido lla­marle santo.

Sin embargo con­tra la pala­bra zombi no tenía defensa. Cuando se miraba en el tro­cito de espejo que guar­daba en un bol­si­llo le pare­cía que todos tenían razón. Si no era más que un feo cuer­pe­ci­llo flacu­cho de diez años con el aspecto de ocho, ves­tido con ropa de pro­pa­ganda sucia y rota, cubierto del polvo gris de las pie­dras salvo por los cami­nos que en su cara dibu­ja­ban sus lágrimas.

Sí, era cierto que pare­cía un zombi, qui­zás lo fuera.

En cuanto Anto­nia llegó ante la cruz de su amado que sólo tres cla­vos ador­na­ban, son­rió. De alguna manera se hacía la ilu­sión de que Enri­que estaba aún allí, leyendo los sal­mos como tan­tas veces en misa.

Señor, ¿quién habi­tará en tu taber­náculo? ¿Quién morará en tu santa mon­taña? Aquel que camine rec­ta­mente, y haga la jus­ti­cia, y hable la ver­dad en su corazón”…

Justo enton­ces otro velado sonido, como el de un lloro que se apaga, reem­plazó la fan­ta­sía de su mente con un sen­ti­miento extraño, mis­te­rioso y leja­na­mente cono­cido. Rubén, aga­rrán­dose a su última posi­bi­li­dad de ser ali­men­tado, había andado casi arras­trán­dose, casi flotando, casi sin enten­der lo que le pasaba hacia la espalda de Anto­nia y, lle­gando hasta a ella, per­diendo en ese ins­tante su última espe­ranza, se había derrum­bado exhausto y exá­nime en el suelo. Anto­nia, algo resen­tida y, en mucho mayor grado, teme­rosa de las veces que algún niño men­digo la había insul­tado nunca se hubiera acer­cado a Rubén de no ser por Eduardo. Ante su tumba, ante el recuerdo de su amor por un hom­bre bueno, delante de aquel niño de res­pi­ra­ción ago­tada, Anto­nia se vio inun­dada de un súbito amor que dis­persó todo miedo. Rubén, al sen­tirse besado en la frente, abrió los ojos y res­pon­dió con una son­risa y luego, sumer­gién­dose en un sueño sin fondo, se des­lizó de los bra­zos de la bella y vieja señora.

Anto­nia sin­tió sus labios extra­ña­mente fríos y se turbó al ver que sus bra­zos per­dían su fuerza. Un pen­sa­miento des­qui­ciado reco­rrió su mente — Qui­zás… no, no puede ser –se dijo– de nin­guna manera puede ser. Se lim­pió enton­ces la boca y en su pañuelo pudo ver un ras­tro negro de mugre. -¡Sólo era eso! –se dijo y, repu­sién­dose, reco­gió al niño del suelo –Pesa menos que un sus­piro, pobrecito.

Rubén des­pertó en un mundo de flores, arte y lim­pieza. Estaba en una litera, recién bañado, oliendo a colo­nia y lavanda, ves­tido con un pijama azul que decla­raba orgu­llo­sa­mente “Capi­tán del Espa­cio” en chino. A su lado, en el viejo sofá donde obvia­mente había pasado toda esa noche, Anto­nia vol­vía tam­bién a la vida. Muchos días pasa­ron de ale­gría y cariño; Anto­nia pre­ten­día no escu­char sus millo­nes de pala­bro­tas ni sus otros pro­ble­mas de com­por­ta­miento que ya a nadie impor­tan. En vez de eso se cen­traba en su lucha por ser un niño bueno, un niño como los otros. La ver­dad es que ambos supo­nían enton­ces que, al final, fra­ca­sa­rían pero se nece­si­ta­ban lo suficiente como para inten­tarlo una y otra vez.

El arroz fue dia­rio, el pollo men­sual, el cho­co­late navi­deño y el amor ince­sante. Pero… Anto­nia, como la adulta que era sabía que ten­dría que infor­mar a las auto­ri­da­des sobre Rubén, qui­zás le deja­ran que­darse con él -¡Dios mío, por favor, tie­nen que dejarme!… o qui­zás no — pen­saba en sus silen­cio­sos llo­ros bajo la mor­te­cina luz de las estre­llas. …o qui­zás no, pero es que si no les llamo, tarde o tem­prano se ente­ra­rán y enton­ces sí que me lo quitarán…

Dos sema­nas más tarde, tan pronto como le fue posi­ble, vino Luisa, la tra­ba­ja­dora social. La joven, ves­tida aún como la estu­diante uni­ver­si­ta­ria que tiempo antes fue, tenía gra­bada en las meji­llas una expre­sión extraña, mez­cla de espe­ran­zas tími­das y tris­te­zas ruti­na­rias de ver a per­so­nas rotas; espe­cial­mente con niños y ancia­nos, un poco de un cora­zón radiante y otro de mente has­tiada de ser men­tida día tras día. Anto­nia, tem­blando, con­dujo a la pro­fe­sio­nal hasta la cocina-comedor de su pequeño apar­ta­mento donde, ves­tido de comu­nión, Rubén esperaba.

-¿Dónde está? –pre­guntó Luisa. -¿No le ve usted? –res­pon­dió la señora-Ahí delante.

Luisa, por supuesto, no podía verle. Para ella Rubén no estaba en nin­guna parte y tras un incó­modo minuto silen­cioso, son­rió a Anto­nia y le dijo que eran cosas de la edad, que a veces se ve mejor la fan­ta­sía, nues­tros deseos, que la gris reali­dad, que era una cosa nor­mal, que bas­ta­ría ver al médico y tomarse un par de pas­ti­llas de vez en cuando.

Al día siguiente, de vuelta del médico, toma­das reli­gio­sa­mente sus medi­ci­nas, Anto­nia se dejó caer derro­tada en el sofá. Que­ría morir. No era la humi­lla­ción ni el temor a la ins­ti­tu­ción men­tal lo que pare­cía des­li­zarla hasta las puer­tas del abismo sino el horror a per­der a su niño; peor, a que nunca lo hubiese tenido. Enton­ces, a su espalda, sin­tió el susu­rro de un alma y girán­dose, vol­vió a ver a su niño, con el pijama puesto y los pies des­cal­zos flotando a dos cen­tí­me­tros del suelo.

–No mamá, no llo­res. Por favor, no llo­res. No estás loca… es que, es que… –y ter­minó diciendo con una voz llena de culpa y ver­güenza– es que soy un fan­tasma. –Oh, bueno –replicó Anto­nia son­riendo– ¿sólo era eso?

Fin

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