Sabiavida

Sabiduría en práctica | Miguel de Luis

Jugar

| 26/12/2011

Este artículo es otro de los anti­guos, rescatados

Llevo estas últi­mas sema­nas enfras­cado en mi novela, de tra­bajo en tra­bajo. Uno, está visto, puede ser escri­tor y ofi­ci­nista, pero para hacerlo tiene que acep­tar renun­cias. De éstas la que os es más visi­ble es la pro­duc­ción más lenta en este blog.

La que más me ha hecho daño es la sen­sa­ción de que ya no juego. Me ha fal­tado diver­sión en mi vida, y hasta me he plan­teado de si debe­ría dejar de jugar. ¿Es la diver­sión una pér­dida de tiempo? Un bonito pro­blema con­si­de­rando ade­más que he dise­ñado un juego de rol: New­sies & Boot­bla­cks.

Cua­renta años

Tengo ya cua­renta años. No es que sienta nin­guna cri­sis, ya las pasé peor cuando se acabó mi aven­tura como semi­na­rista cató­lico y tuve que rein­ven­tar mi vida. Tam­poco diré la estu­pi­dez de que no me arre­piento de nada, pero mi refle­xión no vino de la nos­tal­gia de un país que nunca exis­tió. Se trata de todo lo contrario.

La ale­gría de crear

Nin­guna cosa me hace más feliz que escri­bir; para superar el ins­tante mágico de crear, nece­sito amar a una per­sona. Uso amar en sen­tido amplio, y digo que hay amor tam­bién en el arte que nace para ser com­par­tido, pero es como una rela­ción por corres­pon­den­cia, a la que siem­pre parece fal­tar algo. Y ahora déjame vol­ver a lo mismo, nin­guna cosa me hace más feliz que escri­bir y ahora añada, y creo que puedo por mis letras com­par­tir esta felicidad.

Puedo hacer cosas que merez­can la pena. Esto es lo que digo sereno, ima­gi­náos en la eufo­ria de la crea­ción, cuando las pala­bras vie­nen solas y los per­so­na­jes pare­cen vivos en mun­dos reales.

¡Tra­baja, idiota!

En esos momen­tos uno se con­si­dera sin el dere­cho de des­can­sar. El tra­bajo y las otras obli­ga­cio­nes se tole­ran como nece­si­da­des, pero todo lo demás parece des­truc­tivo. Uno se parece a esos filó­so­fos que des­cu­bren una idea y la con­vier­ten en un abso­luto. Y nada más que por una vana sen­sa­ción de euforia.

En el blog de mi juego MiniMrpg abo­ceté en mi torpe inglés las razo­nes del juego. Y dí un lis­tado, el cual no repe­tiré para evi­tar caer en el mismo error. Al final me quedé con una y esa es la que pienso ofre­cer ahora.

Jugar es recla­mar lo imposible

El niño cuando juega, lo hace por todas las razo­nes del adulto. Pero sobre todo por­que sus espe­ran­zas están tem­po­ral­mente más allá de sus fuer­zas. El niño usa el juego para hacer reali­dad el “cuando sea mayor”. Juega a ser bom­bero y es un bom­bero. Juega con una gui­ta­rra y es músico.

¿Hace­mos los adul­tos eso? Mucho menos y creo que es por­que hemos renun­ciado a cre­cer. Vivi­mos en la creen­cia de que sabe­mos hasta donde pode­mos lle­gar, y eso nos mata. Sólo en el juego es posi­ble vol­ver a soñar con cre­cer; sólo a tra­vés de la ima­gi­na­ción des­en­ca­de­nada pode­mos con­ven­cer­nos de que nues­tras posi­bi­li­da­des están más allá de nues­tras supo­si­cio­nes. A tra­vés del juego reno­va­mos lo que nos es posible.

Y ahora dejadme ter­mi­nar citán­dome a mí mismo:

Jugar es soñar con tu carta de Hog­warts, con el mando de la Enter­prise, o atre­verse a ser un artista de la Mar­vel, o un super­hé­roe. Jugar es acep­tar que toda­vía estás cre­ciendo. Jugar es recar­gar el poten­cial de la vida.

Y dicho eso me des­pido, tengo cosas en las que divertirme.

Reco­men­da­dos

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