Sabiavida

Sabiduría en práctica | Miguel de Luis

La gran A roja, un cuento para crecer

| 22/07/2011

Hace mucho tiempo, en un país muy lejano, el gober­na­dor deci­dió aca­bar con las con­ti­nuas desave­nen­cias que exis­tían en la nación sobre que obra artís­tica era la mejor. Tras la con­sulta a las Cor­tes Gene­ra­les y al Tri­bu­nal Supremo y Man­da­más, con los pre­cep­ti­vos infor­mes del Con­sejo Con­sul­tivo de Gran­des Sabios y Polí­ti­cos Cano­sos, se deci­dió el Pro­ce­miento Abre­viado y Ace­le­rado de Deter­mi­na­ción Cien­tí­fica de la Obra Artís­tica Defi­ni­tiva Nacional.

Siete años más tarde, supe­rado el trá­mite de infor­ma­ción pública y gra­cias a que no hubo recla­ma­ción judi­cial alguna, mila­gro des­co­no­cido en otros luga­res, se llegó a la con­vic­ción de que la novela “Anda, se me ha olvi­dad…” cons­ti­tuía la más repre­sen­ta­tiva y per­fecta obra de la narra­tiva y poé­tica nacional.

Más no con ello aca­ba­ron las dis­cu­sio­nes. Ahora se cen­tra­ban en que parte de la obra cons­ti­tuía la expre­sión más perfecta.

— Todo sea por la armo­nía nacio­nal de la nación –expresó el Gober­na­dor. Y con­vo­cando de nuevo al Comité de Gran­des Exper­tos Esco­gi­dos a Dedo Sin Que Se Note Mucho, éstos deter­mi­na­ron sin género de dudas que era el título, sí, el título, la más per­fecta apor­ta­ción nacio­nal a la lite­ra­tura uni­ver­sal de todos los tiem­pos que han exis­tido y jamás exis­ti­rán. “Anda, se me ha olvi­dad…” era insuperable.

Más, horror de horro­res, con­ti­nua­ron las dis­cu­sio­nes durante muchos eones sobre de entre todas aque­llas letras cual era la mejor de las

mejo­res. Por ello, ni corto ni pere­zoso, el Gober­na­dor Gober­noso, con­vocó de nuevo al Comité, que res­pon­dió sin dudar que la A y nin­guna más.

Por tres años hubo paz, hasta que algún per­verso pasó a dis­cu­tir ahora que cua­dro era el mejor del universo.

Raudo, efi­ciente, ágil y efec­tivo, el Gober­na­dor muy pre­vi­sivo, dió el anun­cio por secreto que el mejor cua­dro era el titu­lado Rojo y de este todo un punto en con­creto, situado a 7,213 cm del eje ver­ti­cal y 8,0921 del hori­zon­tal con­te­nía exac­ta­mente el pináculo del arte nacional.

Ade­más, para abor­tar toda nueva polé­mica, mandó des­truir todas las obras no per­fec­tas, inclu­yendo las selec­cio­na­das y mandó que a par­tir de enton­ces la única obra artís­tica digna de ser repre­sen­tada sería esta: una gran A roja. Debía copiarse exac­ta­mente, bajo pena de muerte y sólo a artis­tas cer­ti­fi­ca­dos, por su gobierno aprobados.

Deste enton­ces y hasta ahora, en aquel extraño país los niños no apren­den en el cole­gio más que esta letra, la A, no leen otra cosa que la A, suman y mul­ti­pli­can esta A y sus poe­mas con­tie­nen sólo esta A. El mejor regalo de cum­plea­ños, boda es esta A, aun­que resulta más apro­piada para tu entierro.

Dicha ley por dra­co­niana resulta absurda a muchos extran­je­ros, entre los que me incluyo. Así que cierta vez de visita en ese país, pre­gunté a uno de sus ciu­da­da­nos, cuyo nom­bre debo ocul­tar para sal­var su liber­tad, si no se sen­tían opri­mi­dos por tal cos­tum­bre. Me res­pon­dió que sí, pero añadió:

Una vez estuve en el extran­jero, y me quedé pas­mado de como allí los apren­di­ces de artis­tas se opri­men a sí mis­mos. Verás, como dibu­jan, pin­tan, escri­ben, actuan o bai­lan peor que otras per­so­nas, ni siquiera lo inten­tan. Y es extraño, por­que muchas veces lo único que tie­nen que per­der es un pedazo de papel. Yo, aquí, por un poema que sé que es imper­fecto, arriesgo mi vida.

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