Sabiavida

Sabiduría en práctica | Miguel de Luis

La isla de los mineros golosos

| 17/10/2011

¿a qué se parece el consumismo?

CC –by Rob­bie (ver enlace)

La isla de Oro­perla tiene dos mil cho­zas y un pala­cio, y una gigan­tesca mon­taña exca­vada con siete minas de car­bón. En 1937, la joven perio­dista Eró­tima, enamo­rada del pai­saje para­di­síaco de Oro­perla des­em­barcó del vapor que traía las pro­vi­sio­nes a la isla y lle­vaba la carga a las fábri­cas de arma­mento alemanas.

Eró­tima pasó un día visi­tando la pequeña isla. Des­pués, ya infor­mada por sus pro­pios ojos, a pala­cio y pidió a los sir­vien­tes una entre­vista con Don Caro­tudo el amo de Oro­perla. Está se con­si­guió sin tar­danza, pues el hom­bre ansiaba que sus triun­fos fue­ran cono­ci­dos en todo el mundo.

–He obser­vado, –dijo Eró­tima –que los mine­ros tra­ba­jan die­ci­séis horas al día, que vis­ten hara­pos y comen sólo gachas y sin embargo están feli­ces, ¿es esto una secta?

Don Caro­tudo se car­ca­jeó –¿Una secta? En abso­luto, mi que­rida Eotima, mis obre­ros tra­ba­jan por su sala­rio sema­nal: un cara­melo mágico.

–¿Droga?

–Oh, no, nada de eso. Mis cara­me­los mági­cos no son el fruto de la quí­mica sino de los pode­res arca­nos. No encon­trará en ellos subs­tan­cia extraña alguna, como pue­den ates­ti­guar los labo­ra­to­rios del FBI, del NKVD e incluso la Geheime Staats­po­li­zei.

–¿Enton­ces?

–Oh, bueno, mis cara­me­los tie­nen el poder de hacer genui­na­mente feliz a cual­quiera durante el espa­cio de seis­cien­tos sesenta y seis segun­dos precisamente.

–Pero eso son poco más de once minu­tos. No vale la pena matarse una semana entera por once minu­tos de feli­ci­dad, por muy genuina que sea. ¿No teme usted que decla­ren la huelga?

–Oh no, en abso­luto. Verá mi que­rida Eró­tima, no son sólo los seis­cien­tos sesenta y seis segun­dos de feli­ci­dad, sino que el resto del tiempo están recor­dando lo feli­ces que fue­ron y están dis­pues­tos a todos por recu­pe­rar esa feli­ci­dad, por corta que sea. Por cierto, ¿desea usted pro­bar uno?

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