Un defecto muy común entre los escritores comunes es este defecto que consiste en repetir las mismas palabras comunes cuando los escritores escriben un mismo párrafo. Pocas veces, como ahora, se hará a posta y aunque se nos haya advertido desde la escuela sobre esta falta de estilo y estemos alerta, es muy fácil caer.
¿Qué podemos hacer?
Amar las palabras
La primera solución nos la dieron los profesores: adquirir vocabulario. Es difícil repetirse cuando empleamos la palabra precisa para una realidad concreta. O dicho de otro modo es obligado repetirse cuando en vez de escribir que “El niño puso el tenedor en el cajón”, nos vemos forzados — por falta de cultura — a narrar que “El niño puso una cosa pequeña con tres cosas pequeñitas que le salían en una cosa hueca que salía de una cosa grande apoyada en la pared”. La estructura de este ejemplo extremo ocurre siempre que nos faltan palabras ya sea por desconocimiento, ya sea por falta de uso.
Por eso la primera solución, a largo plazo, es amar las palabras, aprehenderlas para que, incorporadas a nuestro vida, surjan espontáneamente. Más que aprender significados, debemos hacer el esfuerzo constante para usar en cada momento el vocablo justo.
Humildad
La humildad consiste en decir la verdad de uno mismo y actúar en consecuencia. Dado que no hemos aprehendido, ni siquiera conocemos todas las palabras todo escritor deber incorporar un diccionario a la confección del manuscrito. Lo tendrá a la mano, donde un buen artesano tiene las herramientas de uso más frecuente, y no dudará en emplearlo, ya que cada segundo gastado es un segundo invertido tanto en su aprendizaje como en evitar repasos posteriores.
Y sin embargo, a despecho de estos esfuerzos seguirán colándose fallos. Y es ahora cuando cobra sentido el título de éste artículo.
La ready rack
De niño estaba obsesionado por la segunda guerra mundial; leía todo cuanto caía en mis manos sobre el tema. Entre los hechos que recopilé estaba que los tanques americanos disponían de un sistema de productividad. Se trataba de la “ready rack”: una especie de estante metálico que guardaba para su uso inmediato seis o siete proyectiles; normalmente 4 de alto explosivo, 2 perforantes y 1 de humo. O algo por el estilo. Lo principal es que con esa disposición se estaba preparado para cualquier amenaza que pudiera surgir en el campo de batalla sin que el cargador tuviera que emplear un tiempo precioso buscando el proyectil adecuado.
Sucedía, sin embargo, que según se alargaba el combate, éste estante se acababa llenando con lo que era imprescindible para responder a las amenzas que efectivamente se había presentado. Es decir, llevas media hora combatiendo con la infantería alemana y en tu “ready rack” no hay sino alto explosivo, que es lo que has necesitado. Y entonces aparece un tanque que se ríe de tus alto explosivo.
Algo así pasa en nuestra mente. Una vez empleada una palabra se queda en la “ready rack” del cerebro, lista para salir a la mínima oportunidad. Y mucho me temo que hay poco que podamos hacer contra eso, salvo
Revisa, idiota
Deja pasar un tiempo, para que tu mente este limpia, y conságrate a buscar errores y mejorar el texto. Evitando la tentación del perfeccionismo absurdo, concéntrate en buscar los errores conforme a unas reglas de estilo objetivas (nada de “a mí esto me suena bien”) y corrige todo lo posible. Si es necesario, rescribe el texto.
Ah, y conoce tu editorial, si te das cuenta que sus correctores son… bueno… despistadillos, contrata uno. Va en serio; una novela es trabajo de un año y merece todo tu respesto. Es más, tu novela eres tú. Si te equiBocas, mal asunto.
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