Sabiavida

Sabiduría en práctica | Miguel de Luis

Lo que un sargento de tanques enseñó al escritor

| 22/07/2011

Un defecto muy común entre los escri­to­res comu­nes es este defecto que con­siste en repe­tir las mis­mas pala­bras comu­nes cuando los escri­to­res escri­ben un mismo párrafo. Pocas veces, como ahora, se hará a posta y aun­que se nos haya adver­tido desde la escuela sobre esta falta de estilo y este­mos alerta, es muy fácil caer.

¿Qué pode­mos hacer?

Amar las palabras

La pri­mera solu­ción nos la die­ron los pro­fe­so­res: adqui­rir voca­bu­la­rio. Es difí­cil repe­tirse cuando emplea­mos la pala­bra pre­cisa para una reali­dad con­creta. O dicho de otro modo es obli­gado repe­tirse cuando en vez de escri­bir que “El niño puso el tene­dor en el cajón”, nos vemos for­za­dos — por falta de cul­tura — a narrar que “El niño puso una cosa pequeña con tres cosas peque­ñi­tas que le salían en una cosa hueca que salía de una cosa grande apo­yada en la pared”. La estruc­tura de este ejem­plo extremo ocu­rre siem­pre que nos fal­tan pala­bras ya sea por des­co­no­ci­miento, ya sea por falta de uso.

Por eso la pri­mera solu­ción, a largo plazo, es amar las pala­bras, aprehen­der­las para que, incor­po­ra­das a nues­tro vida, sur­jan espon­tá­nea­mente. Más que apren­der sig­ni­fi­ca­dos, debe­mos hacer el esfuerzo cons­tante para usar en cada momento el voca­blo justo.

Humil­dad

La humil­dad con­siste en decir la ver­dad de uno mismo y actúar en con­se­cuen­cia. Dado que no hemos aprehen­dido, ni siquiera cono­ce­mos todas las pala­bras todo escri­tor deber incor­po­rar un dic­cio­na­rio a la con­fec­ción del manus­crito. Lo ten­drá a la mano, donde un buen arte­sano tiene las herra­mien­tas de uso más fre­cuente, y no dudará en emplearlo, ya que cada segundo gas­tado es un segundo inver­tido tanto en su apren­di­zaje como en evi­tar repa­sos posteriores.

Y sin embargo, a des­pe­cho de estos esfuer­zos segui­rán colán­dose fallos. Y es ahora cuando cobra sen­tido el título de éste artículo.

La ready rack

De niño estaba obse­sio­nado por la segunda gue­rra mun­dial; leía todo cuanto caía en mis manos sobre el tema. Entre los hechos que reco­pilé estaba que los tan­ques ame­ri­ca­nos dis­po­nían de un sis­tema de pro­duc­ti­vi­dad. Se tra­taba de la “ready rack”: una espe­cie de estante metá­lico que guar­daba para su uso inme­diato seis o siete pro­yec­ti­les; nor­mal­mente 4 de alto explo­sivo, 2 per­fo­ran­tes y 1 de humo. O algo por el estilo. Lo prin­ci­pal es que con esa dis­po­si­ción se estaba pre­pa­rado para cual­quier ame­naza que pudiera sur­gir en el campo de bata­lla sin que el car­ga­dor tuviera que emplear un tiempo pre­cioso bus­cando el pro­yec­til adecuado.

Suce­día, sin embargo, que según se alar­gaba el com­bate, éste estante se aca­baba lle­nando con lo que era impres­cin­di­ble para res­pon­der a las amen­zas que efec­ti­va­mente se había pre­sen­tado. Es decir, lle­vas media hora com­ba­tiendo con la infan­te­ría ale­mana y en tu “ready rack” no hay sino alto explo­sivo, que es lo que has nece­si­tado. Y enton­ces apa­rece un tan­que que se ríe de tus alto explosivo.

Algo así pasa en nues­tra mente. Una vez empleada una pala­bra se queda en la “ready rack” del cere­bro, lista para salir a la mínima opor­tu­ni­dad. Y mucho me temo que hay poco que poda­mos hacer con­tra eso, salvo

Revisa, idiota

Deja pasar un tiempo, para que tu mente este lim­pia, y con­sá­grate a bus­car erro­res y mejo­rar el texto. Evi­tando la ten­ta­ción del per­fec­cio­nismo absurdo, con­cén­trate en bus­car los erro­res con­forme a unas reglas de estilo obje­ti­vas (nada de “a mí esto me suena bien”) y corrige todo lo posi­ble. Si es nece­sa­rio, res­cribe el texto.

Ah, y conoce tu edi­to­rial, si te das cuenta que sus correc­to­res son… bueno… des­pis­ta­di­llos, con­trata uno. Va en serio; una novela es tra­bajo de un año y merece todo tu res­pesto. Es más, tu novela eres tú. Si te equi­Bo­cas, mal asunto.

Tér­mi­nos de búsqueda:

  • obse­sio­na­dos por la segunda guerra

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