Sabiavida

Sabiduría en práctica | Miguel de Luis

Minimalismo público

| 17/11/2011

Un mini­ma­lismo racio­nal, en la afor­tu­nada expre­sión de Omar1, es impo­si­ble tras­pa­sarlo a la polí­tica. Nos falta gente y sería inme­dia­ta­mente con­fun­dido con el ultra-liberalismo2 o con alguna extraña forma de anar­quismo. Lo que cuenta en la demo­cra­cia es la volun­tad del pue­blo, y los pue­blos, no son siem­pre sabios. Vamos, de hecho, ahora mismo es con­su­mista en tanto como puede.

Así pues, ¿para qué dian­tres me ocupo de esto?

Por­que las uto­pías, como los hori­zon­tes, puede que sean inal­can­za­bles, pero nos sir­ven de guía para saber a dónde debe­mos ir. Pleno empleo, paz mun­dial, jus­ti­cia uni­ver­sal, nadie en las cár­ce­les, vio­len­cia cero, son segu­ra­mente sue­ños impo­si­bles, pero más vales vio­len­cia tres que vio­len­cia siete mil. Así pues,

¿Qué sería un estado minimalista?

El Estado tiene un por­qué: ser­vir a ciu­da­da­nos libres e igua­les para garan­ti­zar y hacer efec­ti­vos sus dere­chos, sobre todo de los más débi­les. Ade­más tiene una fun­ción repre­sen­ta­tiva: el estado, a tra­vés de sus auto­ri­da­des, repre­senta a la socie­dad o socie­da­des que inte­gra. Nótese aquí que estoy intro­du­ciendo varios ele­men­tos éticos y es que toda ins­ti­tu­ción humana, se quiera o no, supone la con­sa­gra­ción de una posi­ción ética o anti-ética.

Par­tiendo de este plan­tea­miento, es impo­si­ble que un estado mini­ma­lista fuera muy pequeño. Pero desde luego ten­dría lími­tes. El pri­mero de ellos la liber­tad y los demás dere­chos de los ciu­da­da­nos que está lla­mado a garan­ti­zar. El segundo los dere­chos de los demás esta­dos o, mejor, de los ciu­da­da­nos extran­je­ros. Aquí habría que esta­ble­cer un prin­ci­pio de pre­fe­ren­cia por la socie­dad civil y la ini­cia­tiva pri­vada. Siem­pre que algo pueda ser mejor resuelto por la ini­cia­tiva pri­vada –de modo que sirva a toda la socie­dad y no sólo a los pode­ro­sos– enton­ces el Estado debe­ría dejar hacer, actuando mera­mente de vigi­lante. En otros momen­tos debe­ría apo­yar o par­ti­ci­par, siem­pre bajo el prin­ci­pio de inter­ven­ción mínima.

¿Que sería una admi­nis­tra­ción minimalista?

A veces se con­funde pero el Estado (o el ayun­ta­miento) no es la admi­nis­tra­ción (o las ofi­ci­nas muni­ci­pa­les). Sin embargo el Estado actúa prin­ci­pal­mente a tra­vés de la admi­nis­tra­ción que le da soporte. De nada vale prohi­bir robar si los ser­vi­cios socia­les son inca­pa­ces de pre­ve­nir el robo, la poli­cía no detiene a los ladro­nes, los juz­ga­dos juz­gan mal o las cár­ce­les no tie­nen funcionarios.

Por tanto la Admi­nis­tra­ción Mini­ma­lista esta­ría ins­pi­rada en el prin­ci­pio de efi­cien­cia. Siendo efi­caz para cum­plir los fines que la Ley le obliga, debe­ría ser tan pequeña como fuera posi­ble. No debe­rían exis­tir dos ofi­ci­nas o dos admi­nis­tra­cio­nes con las mis­mas com­pe­ten­cias, vale, pero aquí no acaba todo.

Habría que arre­man­garse. ¿Qué pasa cuando algo está mal orga­ni­zado? Que es una fábrica de mer­can­cía defec­tuosa. El per­so­nal acaba frus­trado y com­pro­bado que por mera buena volun­tad no puede luchar con­tra una iner­cia gigan­tesca. Por eso los polí­ti­cos que sal­gan de estas elec­cio­nes, en la medida que pue­dan, debe­rían arre­man­garse, dejarse de pro­me­ter leyes feli­ces y com­pro­bar que anda mal.

Afor­tu­na­da­mente no hace falta ser un genio, ni un sal­va­dor de la patria para esto. Hay libros y expe­rien­cia dis­po­ni­ble por doquier y méto­dos sen­ci­llos. Sólo hace falta estu­diar­los y bus­car con­sejo de ver­da­de­ros exper­tos y ponerse a tra­ba­jar. ¿Qué no es una his­to­ria espec­ta­cu­lar? No, pero sí una visión que puede trans­for­marse en un men­saje, que abra una ver­da­dera rela­ción entre el polí­tico y los ciudadanos.

Esto sería un Estado mini­ma­lista, y no pin­tar las pare­des del ayun­ta­miento de blanco y tirar los muebles.


  1. O al menos yo lo aprendí de él. 

  2. Ultra-Liberalismo enten­dido en sen­tido Euro­peo, esto es: nin­gún límite a la liber­tad de empresa, nin­guna res­tric­ción en el mer­cado y un sec­tor público tan pequeño como sea posi­ble. 

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  • ciu­da­da­nos libres e igua­les posible

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