Sabia VidaUn mundo de muros

¿Se puede dialogar con los astutos? ¿Es peligroso hablar con los malos? ¿Debemos vivir tras un muro?Sigue...

physics summer camp, 1984
Foto de Clemson University Library

La relación como aprendizaje

Descubres a una persona a quien seguir, le dedicas tu cariño y tus ilusiones, te hace crecer hazta que llega un momento que sigue a dónde no quieres ir y te ignora hazta alejarte de su lado. De esto no quiero hablar ahora, pero esta sensación, que en distintos grados todos habremos sentido, me recordó una de las aportaciones de Emmanuel Levinás: nuestra relación con otras personas debe ser siempre como de estudiante a maestro; y por ese orden. En otras palabras, cuando nos acerquemos a los demás, debemos hacerlo siempre con la actitud de un alumno. Prefiero la palabra alumno o discípulo a estudiante porque ser alumno implica tener un maestro en quien uno confía y se deja guiar, mientras que se puede ser estudiante sin profesor alguno o incluso usando al profesor como cualquier otro recurso educativo.

Se trata no de examinar a la persona y disecionarla tratando que encaje en nuestras categorías de pensamiento, ni siquiera de crear una categoría nueva para ella, sino dejar que ella misma se exprese, bajo la premisa de que ninguna persona, ni siquiera uno mismo puede reducirse a lo que podemos pensar sobre ellas. Siempre me quedaré corto, siempre habrá espacio para lo sorpresa y la contradicción porque, si bien no se puede decir cualquier tontada sobre nadie bajo la pretensión de que tener algo de verdad, tampoco podemos contener a persona alguna en nuestros pensamientos. Esto supone una actitud de humildad, de suspensión de los juicios y de ver lo que se quiere mostrar y que, vestida así de los atributos de la bondad y la sabiduría se nos antoja deseable.

Cuatro dificultades

El primero de todos es que la persona no es estática, yo y tú cambian en el tiempo de manera que nunca se puede acabar de conocer a alguien porque la persona que conocíamos va cambiando al mismo tiempo que cambiamos nosotros. Amar a una persona supone aceptar la posibilidad de esos cambios, pero esa actitud nos vacuna contra que no amemos esos cambios, ni que la persona que amamos rechace los cambios nuestros. Esto es fácil verlo cuando cambiamos a peor pero lo mismo puede producirse cuando cambiamos a mejor o incluso a cosas que podemos llamar neutrales, descubrimos una nueva afición, dejando una antigua, por ejemplo.

La segunda dificultad para nuestra actitud de relacion de estudiante a maestro es nuestra propia maldad; dejadme ser un poco conservador. Resulta que nunca somos tan coherente, tan amantes, tan compasivos, tan honrados, tan sabios o tan buenos como nos gustaría ser. Como resultado parte de la realidad que percibimos la vemos a través de nuestra propia maldad y cicatería. Si somos descuidados tendemos a ver en los otros esa misma actitud de descuido, si mentimos veremos mentiras, y hasta nos herirán palabras que buscaban nuestro bien.

En tercer lugar esta relación de estudiante a maestro requiere una presencia activa, propósito, concentración o, por usar una palabra en boga, mindfulness. De lo contrario sacaremos tanto de la relación como aprende el alumno que está atendiendo al móvil en clase o que mira a la pizarra mientras su mente divaga por la última serie de televisión.

La cuarta dificultad es la de relacionarnos con personas que nos han ofendido. Desde luego esto supone tanto una barrera para la comunicación como un elemento que contamina todo. Tendemos a suponer, quizás con razón, que lo que empieza mal seguirá mal y terminará mal y no entregamos ni nos permitimos la paciencia necesaria para resolver los conflictos.

Aquí quiero hacer una especial llamada a la sensatez. Aunque abogue por la relación humana como ideal, hay veces que lo más sensato es darle al botón de ignorar. Aunque seamos tan sabios como para perdonar todo, ese perdón no significa que todo pueda volver a ser como antes. El ideal de la reconciliación no significa abandonar la sabiduría de conocer las propias limitaciones: no tengo el poder de convertir a nadie en bueno. A veces lo más sensato es decir adiós.

Sin embargo estas cuatro dificultades pueden salvarse precisamente por la misma práctica de la actitud de alumno-profesor y no son más o menos graves que las que podemos tener en una relación más autoritaria con otra persona.

Un peligro: el maestro artero

Sin embargo hay un peligro que incide especialmente en el tipo de relación que tanto nos atraía en un principio: la maldad del maestro. Por añadir un poco de vida real a todo esto recordemos que el malvado se disfraza e intenta aparentar quién no es, precisamente para engañarnos. Por no ponermos en términos tan dramáticos recordemos que toda persona, por buena que sea, tiene errores, fallos y hasta zonas de auténtico mal moral.

La imposible separación del mal

Se podría decir, por principio, que debemos evitar toda relación con gente malvada y, seguramente sea una regla de prudencia en cualquier caso, pero cuya aplicación no es siempre posible. Primero porque no podemos conocer la maldad de la persona hasta conocer a esa persona; aunque deterrminados hechos y opiniones nos puedan ofrecer alguna pista y segundo porque la vida nos pone en situaciones que nos guste o nos guste implica tener contacto con persoans malvadas.

Cuando se entrenta lleno de orgullo a nosotros, como los nazis en los años treinta, es relativamente fácil separarse de ellos, si quiera en el interior de nuestro corazón, es como cuando se presentan aparentando ser el bien, o escondiendo su propio mal que pueden rodear esa defensa. No creo que en este último caso tengamos una formula mágica que nos libere de la posibildad de ser infectados por el mal, ni usando cualquier modelo, más autoritario que el de la relación de alumno maestro. La ética, ni siquiera la religiosa tiene una prueba que en todo caso y sin dudar determine la bondad o maldad de cada acción o que no lleve a contradicciones.

Al mismo tiempo, cuando nos relacionamos con nuestro maestro, con esa otra persona cualquiera que llamamos tú, no podemos desprendernos de nuestra brújula moral. Ni siquiera la humildad que tenemos sinceramente cuando nos relacionamos con alguien que admiramos nos permite separarnos de nuestro propio sentido del bien. Esta precisamente es una de las fuentes del dolor en la adolescencia: que sin estar aún preparados nos vemos obligados internamente a juzgar a los adultos. Quizás no debamos hacer juicios de valor sobre la persona pero sí sobre aquello que nos trasmite o desea transmitir.

Un mundo de muros

Abrámos además nuestro campo de visión: habíamos dicho que esta relación de alumno/maestro debe establecerse con toda persona y no solo con una o un grupo selecto. Esto incluye personas más jóvenes y más viejas, chicas y grandes, de este u otro sexo, seguras e inseguras, cercanas y lejanas, amigos y no tanto. Aquí hay hasta cierto punto un antídoto antes las relaciones con personas malvadas: sencillamente podemos abrirnos a nuevas perspectivas que pueden revelarnos la patología de los que las maldades que una persona cualquiera nos muestra.

Y aquí también hay un peligro cuando la propia sociedad está infectada de algún tipo de maldad; como lo están todas en todo tiempo, aunque en formas distintas y grados diferentes. El nuestro, el de este mundo y esta fecha creo que es precisamente la separación que estamos contruyendo entre nosotros. Cohabitamos sin convivir o a veces hasta nos enfrentamos. Algunas de las cosas que dice Trump, por ejemplo, no se entienden porque sean más o menos disparatadas, sino porque no leemos los periódicos que él lee, que son los que le gustan. Hay un cierto clima de guerra, de grupo, de defensa del nosotros frente al ellos, que son los malvados. Y como resultado estamos levantando muros que nos separen de esos malvados

Estamos levantando muros, tanto físicos como sociales y hasta mentales. No escuchamos sino lo que queremos escuchar y no vemos sino lo que queremos ver. Clasificamos a Palestina en el mal y a Israel en el bien o vieceversa e ignoramos que nadie es santo y que el conflicto acaba arrastrando a todos al mal si no tenemos cuidado. Al final, la búsqueda de la paz y de la sabiduría exige la valentía de exponerse a las ideas, sentimientos e ilusiones de los otros, auqneu hayamos concluido, cada uno en nuestra esquina que los otros se equivocan o son malvados o estúpidos, porque este esfuerzo humilde, esta apertura al otro aunque nos chirríe lo que quiere decir nunca ha sido más necesaria que ahora.

¿Qué nos toca hacer?

Te pregunto, mi lector, si en esta ocasión he sido tu maestro y si puedes extender esta actitud hacia cualquier otra persona. Te pregunto si no puedes hacer el esfuerzo de leer lo que no te gusta leer, escuchar lo que no te gusta escuchar, aprender de quién precisamente discrepa de ti o sea de relacionarte con quien no se espera que lo hagas. Recuerda que el nombre oficial del muro de Berlín era muro de defensa antifascista, no es broma.