Sabiavida

Sabiduría en práctica | Miguel de Luis

Patrimonio Cultural

| 22/07/2011

¿Sabes lo que sig­ni­fica Patri­mo­nio Cul­tu­ral? ¿De ver­dad o sólo lo supo­nes? ¿Y para qué sirve, si es que tiene que ser­vir para algo? Mi lec­tor y amigo Ferrán Marín Ramos, experto en Patri­mo­nio Cul­tu­ral, cata­lán de pro y enamo­rado de Ara­gón, espe­ran­tista, amante de la cul­tura y edi­tor de Ambista, aborda estas cues­tio­nes en pro­fun­diad en el artí­cuo que sigue a continuación.

Es un poco más largo de lo que viene siendo habi­tual en este blog, pero merece la pena. Desde luego un pro­fe­sor de his­to­ria del arte o que quiera pro­vo­car el amor y la defensa de la cul­tura tiene aquí un pequeño filón de ideas. Si acaso estáis apu­ra­dos de tiempo, os acon­sejo que­da­ros al menos con las par­tes que he resal­tado en negrita.

Y así, sin más vaci­la­cio­nes, os dejo en bue­nas manos.

El patri­mo­nio cul­tu­ral y para qué dian­tres sirve

En la actua­li­dad resulta cada vez más habi­tual encon­trar refe­ren­cias al Patri­mo­nio Cul­tu­ral en los dife­ren­tes medios de comu­ni­ca­ción, espe­cial­mente cuando se habla de deter­mi­na­dos edi­fi­cios his­tó­ri­cos u obje­tos artís­ti­cos; de tal manera que, para los no enten­di­dos, patri­mo­nio cul­tu­ral ha pasado a ser una expre­sión sinó­nima de monu­mento o de objeto de museo.

Tal es así que hemos hecho nues­tra la expre­sión dando por sabido su sig­ni­fi­cado cuando nos hablan de este tér­mino o cuando nos refe­ri­mos a él.

Si bien esa idea gene­ra­li­zada a la que apun­tá­ba­mos no es del todo inco­rrecta, sí resulta a todas luces incom­pleta, pues el con­cepto de patri­mo­nio cul­tu­ral es mucho más amplio y abarca un aba­nico de aspec­tos cul­tu­ra­les más allá de los mera­mente his­tó­ri­cos o artísticos.

Así pues, ¿real­mente sabe­mos de lo que habla­mos cuando habla­mos de patri­mo­nio cultural?

Una apro­xi­ma­ción

Deten­gá­mo­nos un ins­tante a ana­li­zar el tér­mino. Lo pri­mero que se puede obser­var es que el con­cepto está for­mado por dos pala­bras: patri­mo­nio y cultura.

Patri­mo­nio es el con­junto de bie­nes que posee­mos, la suma de aque­llos que hemos here­dado de nues­tros ascen­dien­tes y los que hemos adqui­rido por nues­tros pro­pios medios.

El segundo tér­mino, cul­tura, aun­que nos es bas­tante más fami­liar, nos resulta más com­plejo de defi­nir, aun­que todos cree­mos saber qué significa.

Si toma­mos su sig­ni­fi­cado en sen­tido amplio, cul­tura ven­dría a ser el con­junto de ras­gos dis­tin­ti­vos (mate­ria­les, afec­ti­vos, espi­ri­tua­les, inte­lec­tua­les) que carac­te­ri­zan a una sociedad.

Es decir, cul­tura es aque­llo que nos per­mite a noso­tros, meros indi­vi­duos ais­la­dos, iden­ti­fi­car­nos con un grupo (cual­quiera que sea su tamaño) y sen­tir­nos parte de él.

Este sen­ti­miento de per­te­nen­cia a la colec­ti­vi­dad será deter­mi­nante a la hora de defi­nir el con­cepto de patri­mo­nio cul­tu­ral y a la hora de ele­gir los ele­men­tos que lo conforman.

Así pues, si uni­mos el sig­ni­fi­cado de ambos tér­mi­nos en un solo con­cepto, podría­mos aven­tu­rar­nos a dar una pri­mera defi­ni­ción de Patri­mo­nio Cul­tu­ral como el con­junto de ras­gos dis­tin­ti­vos (téc­ni­cas, len­gua, espi­ri­tua­li­dad, cos­tum­bres, modos de vida, obje­tos mate­ria­les), tanto here­da­dos como adqui­ri­dos, que carac­te­ri­zan a una sociedad.

Defi­ni­ción

Afi­nando un poco más en el sig­ni­fi­cado del tér­mino, nos parece acer­tada y adop­ta­mos como pro­pia –aun­que con mati­ces, como segui­da­mente expli­ca­re­mos– la defi­ni­ción que publicó el pro­fe­sor Josué Llull Peñalba(1) para quien el patri­mo­nio cul­tu­ral es

el con­junto de mani­fes­ta­cio­nes u obje­tos naci­dos de la pro­duc­ción humana que una socie­dad ha reci­bido en heren­cia his­tó­rica y que cons­ti­tu­yen ele­men­tos sig­ni­fi­ca­ti­vos de su iden­ti­dad como pue­blo” (2).

Es decir, según este autor para que algo sea con­si­de­rado patri­mo­nio cul­tu­ral tiene que cum­plir tres premisas:

1.- Que la mano o la capa­ci­dad sim­bó­lica del hom­bre esté presente.

Así pues, esta pri­mera con­di­ción nos per­mite esta­ble­cer una dis­tin­ción a nivel gene­ral de lo que sería patri­mo­nio cul­tu­ral (aque­llo espe­cí­fi­ca­mente creado o modi­fi­cado por el hom­bre) y patri­mo­nio natu­ral (lo sur­gido de la naturaleza).

Cen­trán­do­nos exclu­si­va­mente en el patri­mo­nio cul­tu­ral, a par­tir de esta pri­mera pre­misa nos es posi­ble esta­ble­cer una nueva dis­tin­ción entre obje­tos mate­ria­les, a los que se llama patri­mo­nio tan­gi­ble y las mani­fes­ta­cio­nes sim­bó­li­cas (canto, danza, len­gua, lite­ra­tura…), a cuyo con­junto se le deno­mina patri­mo­nio intan­gi­ble o inmaterial.

Si segui­mos des­cen­diendo nive­les, den­tro del grupo del patri­mo­nio cul­tu­ral tan­gi­ble pode­mos encon­trar edi­fi­cios, estruc­tu­ras, yaci­mien­tos (lo que se conoce como patri­mo­nio inmue­ble) u obje­tos ais­la­dos tales como escul­tu­ras, mobi­lia­rio, cua­dros… (que cons­ti­tu­yen el patri­mo­nio mueble).

2.- Que la socie­dad lo haya reci­bido en heren­cia histórica.

De esta manera, patri­mo­nio sería todo aque­llo –mate­rial o inma­te­rial– que nos han legado nues­tros antecesores.

Sin embargo, esta con­cep­ción his­to­ri­cista del patri­mo­nio hoy ha sido ya supe­rada. Es decir, no solo lo “viejo, anti­guo, his­tó­rico” ha de con­si­de­rarse patri­mo­nio cul­tu­ral. Debe con­tem­plarse tam­bién todo aque­llo sus­cep­ti­ble de trans­mi­tirse a las gene­ra­cio­nes venideras.

Ello incluye, por supuesto, lo que hemos here­dado de nues­tros ante­pa­sa­dos; pero tam­bién aquel legado que nues­tra socie­dad actual ha adqui­rido u obte­nido y desea pre­ser­var para uso, admi­ra­ción y dis­frute de los que luego ven­drán, por ejem­plo: la obra pic­tó­rica o escul­tó­rica de un autor vivo, una fiesta popu­lar reciente o recu­pe­rada deve­nida en cos­tum­bre, la crea­ción musi­cal, un edi­fi­cio de arqui­tec­tura sin­gu­lar, el cine…

3.- Que la socie­dad lo sienta como pro­pio, que se vea iden­ti­fi­cada o refle­jada de alguna manera en ello.

He aquí el meo­llo del asunto. No toda la pro­duc­ción humana, sea ésta mate­rial o inma­te­rial, puede ser con­si­de­rada patri­mo­nio. Sólo alcan­zan tal reco­no­ci­miento aque­llos obje­tos o mani­fes­ta­cio­nes cul­tu­ra­les que la socie­dad con­si­dera como pro­pios, algo con lo que se siente iden­ti­fi­cada, inde­pen­dien­te­mente del valor his­tó­rico o artís­tico que ese “algo” pueda o no tener.

No obs­tante, esta con­cep­ción del patri­mo­nio cul­tu­ral como un rasgo dis­tin­tivo y dife­ren­cia­dor de una socie­dad con­creta ha sido tam­bién supe­rada en las defi­ni­cio­nes actua­les, de manera que hoy se entiende el patri­mo­nio como una riqueza colec­tiva, pro­pia de todos los pueblos.

Ello supone el com­pro­miso y la nece­si­dad de coope­ra­ción del mayor número posi­ble de nacio­nes para la con­ser­va­ción y explo­ta­ción ade­cua­das de dicho patri­mo­nio, cuya máxima expre­sión es el reco­no­ci­miento de cier­tos lega­dos como Patri­mo­nio de la Huma­ni­dad, inde­pen­diente de su lugar de ubi­ca­ción o procedencia.

Ele­men­tos

El artículo 2º de la Ley3/1999 del Patri­mo­nio Cul­tu­ral Ara­go­nés esta­blece que “el Patri­mo­nio Cul­tu­ral Ara­go­nés está inte­grado por todos los bie­nes mate­ria­les e inma­te­ria­les rela­cio­na­dos con la his­to­ria y la cul­tura de Ara­gón que pre­sen­ten inte­rés antro­po­ló­gico, antró­pico, his­tó­rico, artís­tico, arqui­tec­tó­nico, mobi­lia­rio, arqueo­ló­gico, paleon­to­ló­gico, etno­ló­gico, cien­tí­fico, lin­güís­tico, docu­men­tal, cine­ma­to­grá­fico, biblio­grá­fico o téc­nico, hayan sido o no des­cu­bier­tos y tanto si se encuen­tran en la super­fi­cie como en el sub­suelo o bajo la super­fi­cie de las aguas”.

¿Por qué?

Antes de enu­me­rar las razo­nes por las que el patri­mo­nio debe­ría ges­tio­narse, que­re­mos inci­dir en el carác­ter pro­fe­sio­nal de dicha ges­tión, enten­diendo como tal la rea­li­zada por per­so­nas o colec­ti­vos espe­cial­mente pre­pa­ra­dos para ello, sin entrar a valo­rar si debe tra­tarse de una acti­vi­dad remu­ne­rada o, por el con­tra­rio, sin ánimo de lucro.

Son varios los moti­vos por los que debe ges­tio­narse el patri­mo­nio cul­tu­ral, segui­da­mente expo­ne­mos algu­nos de ellos, aun­que la lista podría ser más extensa:

En pri­mer lugar, para aco­tar qué que­re­mos legar a nues­tros des­cen­dien­tes. Es decir, no todo debe ni puede con­ser­varse para ser trans­mi­tido a las gene­ra­cio­nes futu­ras. Sería mate­rial­mente impo­si­ble y eco­nó­mi­ca­mente inabar­ca­ble. En con­se­cuen­cia, hay que ele­gir –juz­gar si se quiere– para con­cen­trar todos los esfuer­zos de con­ser­va­ción en deter­mi­na­dos ele­men­tos repre­sen­ta­ti­vos. Nor­mal­mente esta potes­tad corres­ponde a la administración.

En segundo lugar, por­que el patri­mo­nio en si es un recurso frá­gil e irre­pe­ti­ble. La abun­dan­cia de res­tos mate­ria­les y de mani­fes­ta­cio­nes cul­tu­ra­les exis­ten­tes en nues­tra comu­ni­dad pue­den indu­cir­nos a pen­sar que el patri­mo­nio es inago­ta­ble. Nada más lejos de la reali­dad. Por poner un ejem­plo, la mala ade­cua­ción de un yaci­miento al turismo de masas puede dañarlo irre­pa­ra­ble­mente e incluso ace­le­rar su des­truc­ción. Por el con­tra­rio, una buena ges­tión ayu­da­ría a garan­ti­zar su con­ser­va­ción y con­ti­nui­dad en el tiempo.

Debe­mos ges­tio­nar el patri­mo­nio, en ter­cer lugar, para saber qué uso debe darse a un ele­mento recu­pe­rado. Con­ser­var por con­ser­var supone un gasto con­ti­nuo enorme por­que, una vez res­tau­rado o reha­bi­li­tado, dicho ele­mento nece­sita un man­te­ni­miento para que no vuelva a dete­rio­rarse. Así pues, antes de res­tau­rar o reha­bi­li­tar cual­quier ele­mento hay qué saber por qué se hace, con qué inten­ción y cómo va a man­te­nerse eco­nó­mi­ca­mente en un futuro.

En cuarto lugar, para darlo a cono­cer y crear en la pobla­ción con­cien­cia de su valor y poder trans­mi­tir la nece­si­dad de su con­ser­va­ción. Aun­que la con­ser­va­ción y la defensa del patri­mo­nio com­pe­ten a las dife­ren­tes admi­nis­tra­cio­nes, es mucho lo que la ciu­da­da­nía tiene que decir al res­pecto. De ahí la impor­tan­cia de la divul­ga­ción y com­pren­sión de nues­tro patrimonio.

Final­mente, otro motivo es el de sacar pro­ve­cho eco­nó­mico de ese patri­mo­nio. La con­ser­va­ción no está nece­sa­ria­mente reñida con la explo­ta­ción eco­nó­mica de un ele­mento patri­mo­nial bien lle­vada. Es más, puede supo­ner una opor­tu­ni­dad de desa­rro­llo en deter­mi­na­das áreas geográficas.

Pero que nadie se lleve a engaño: la ges­tión del patri­mo­nio (y una de sus con­se­cuen­cias lógi­cas, el turismo cul­tu­ral) no es la pana­cea a todos los pro­ble­mas que azo­tan, sobre todo, a las zonas rurales.

Comen­tá­ba­mos más arriba que el patri­mo­nio “puede supo­ner una opor­tu­ni­dad de desa­rro­llo”, pero ello no sig­ni­fica de que deba serlo nece­sa­ria­mente. Ni siquiera tiene por qué ser la mejor de las opcio­nes para solu­cio­nar los pro­ble­mas de desa­rro­llo de algu­nas áreas.

A veces la solu­ción a este tipo de pro­ble­mas pasa por incen­ti­var el tejido indus­trial o arte­sa­nal de la zona u otro tipo de accio­nes que poco o nada tie­nen que ver con el patri­mo­nio cultural.

El des­per­tar eco­nó­mico de estas áreas a par­tir de otras ini­cia­ti­vas podría redun­dar en la con­ser­va­ción, divul­ga­ción y explo­ta­ción del patri­mo­nio cul­tu­ral, pero rea­li­zar esta ecua­ción a la inversa resulta terri­ble­mente complicado.

¿Qué pue­des hacer por el patri­mo­nio cultural?

Qui­zás la facul­tad máxima que puede ejer­cer un par­ti­cu­lar es la de denun­ciar ante las auto­ri­da­des cual­quier atro­pe­llo que pueda estar come­tién­dose con­tra el patrimonio.

Aun­que es cierto que en oca­sio­nes la denun­cia de un vecino ha ser­vido para para­li­zar un aten­tado con­tra tal o cual bien cul­tu­ral, no es menos cierto que en otras muchas oca­sio­nes la movi­li­za­ción ciu­da­dana ha caído en saco roto.

Pero ello no debe des­ani­mar­nos a ejer­cer este dere­cho que, por otra parte, cons­ti­tuye un deber legal.

Otra atri­bu­ción que tiene el ciu­da­dano es la de ins­tar a la admi­nis­tra­ción para que ini­cie (incoar, en len­guaje admi­nis­tra­tivo) un expe­diente de pro­tec­ción hacia un bien deter­mi­nado y ésta deberá emi­tir su fallo en un plazo deter­mi­nado, durante el cual deben para­li­zarse todas las actua­cio­nes que hubie­ren sobre dicho bien.

Es posi­ble que el ciu­da­dano par­ti­cu­lar se sienta abru­mado por la res­pon­sa­bi­li­dad que entraña ejer­cer ambos dere­chos. En ese caso, siem­pre puede dele­gar en aso­cia­cio­nes de defensa del patri­mo­nio, quie­nes inves­ti­ga­rán el caso y rea­li­za­rán las ges­tio­nes opor­tu­nas en nom­bre del colec­tivo, garan­ti­zando de esta manera el ano­ni­mato de la per­sona informante.

Por supuesto, puede secun­dar las acti­vi­da­des en torno al patri­mo­nio cul­tu­ral pro­mo­vi­das por las ins­ti­tu­cio­nes y las dife­ren­tes enti­da­des públi­cas o pri­va­das: visi­tar un museo, una expo­si­ción, leer un libro, curio­sear en un archivo, asis­tir a con­cier­tos de música popu­lar, a mani­fes­ta­cio­nes fol­cló­ri­cas, intere­sarse por un ofi­cio tra­di­cio­nal, ir al tea­tro, ver una pelí­cula de cine, par­ti­ci­par en un taller inter­pre­ta­tivo o sim­ple­mente pasear dete­nién­dose a admi­rar cuanto nos rodea…

Todas estas acti­vi­da­des cobran una nueva dimen­sión si se rea­li­zan en com­pa­ñía de los más peque­ños, pues ade­más de hacer­les pasar un buen rato, fomen­tan entre nues­tra infan­cia la admi­ra­ción por nues­tro patri­mo­nio cul­tu­ral y crean en ella la nece­si­dad de su conservación.

(1) Josué Llull Peñalba es pro­fe­sor del depar­ta­mento de Edu­ca­ción Social en la Escuela Uni­ver­si­ta­ria “Car­de­nal Cis­ne­ros”, ads­crita a la Uni­ver­si­dad de Alcalá.

(2) Llull, J. 2005: Evo­lu­ción del con­cepto y de la sig­ni­fi­ca­ción social del patri­mo­nio cul­tu­ral. Arte, Indi­vi­duo y Socie­dad, 17: 175 – 204

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