Sabiavida

Sabiduría en práctica | Miguel de Luis

Peligro Amor

| 26/12/2011

Todos los amores

La navi­dad no-cristiana o laica –si lo pre­fe­rís– cele­bra todos los amo­res. Los enamo­ra­dos y los ami­gos encuen­tran en la navi­dad una excusa para con­me­mo­rar su clase par­ti­cu­lar de amor; pero incluso ellos –si no han ren­dido su buen jui­cio a Eros o a la Amis­tad– reco­no­ce­rán que es el sim­ple Afecto el que, por unos días, es el rey de la fiesta.

Es nor­mal que los niños sean el cora­zón de la navi­dad, por­que el Afecto se des­pliega de manera par­ti­cu­lar hacia los niños. Siendo el más pri­ma­rio, el más natu­ral de los amo­res y el más sim­ple, el afecto brota con más faci­li­dad hacia y entre los niños. En reali­dad, lo que los niños peque­ños lla­man amis­tad suele ser afecto.

La amis­tad puede nacer del afecto en ese ins­tante mágico en que des­cu­bri­mos una pasión común. “¿Cómo, a tí tam­bién te gusta la segunda gue­rra mun­dial?, ¿Cómo, a tí tam­bién te gusta obser­var estre­llas?, ¿Cómo, a tí también… ?”

Debe­ría­mos haber apren­dido de niños que el amor es peli­groso, pero se nos ha acon­di­cio­nado para creer no que Dios es amor, sino que el amor, cual­quier clase de amor, es un dios. Y ahí reside el peli­gro. Y es que el amor puede ser mal­vado no sólo en su rup­tura sino pre­ci­sa­mente cuando es más intenso, cuando más per­fecto lo creemos.

Es fácil verlo en los enamo­ra­dos; Eros puede hacer creer a una pareja que el amor que tie­nen uno para el otro es más impor­tante que el mundo. A esta clase de amor –si se le deja– se le sacri­fica todo, pen­sando que por ser amor ha de ser bueno. Una per­sona honesta y res­pon­sa­ble puede lle­gar a creerse que por estar enamo­rado tiene la obli­ga­ción de estar triste, de aban­do­nar a su fami­lia, de trai­cio­nar a sus ami­gos, de escu­pir en todo lo cree, de trai­cio­nar a su patria, de morir o incluso de matar. Pero a pesar de haberlo visto, nos resis­ti­mos a cul­par al amor: nos recon­forta echarle la culpa a la sexua­li­dad o al deseo de poder por­que es horri­ble reco­no­cer que seguir a nues­tro dio­se­ci­llo pri­vado pueda lle­var a algún mal. Y, sin embargo así es.

La amis­tad puede con­ver­tirse en una “socie­dad de admi­ra­ción mutua”. Una vez que somos ami­gos, que cami­na­mos jun­tos, que somos cua­dri­lla y que com­par­ti­mos la vida pode­mos creer­nos un grupo aparte, una espe­cie de aris­to­cra­cia pro­pia. Y que bonita es Nues­tra amis­tad, y los de fuera, los pobre­ci­llos es que no entien­den nada.

Pero es que hasta el afecto puede escon­der algún peli­gro. Y es que el afecto surge por dere­cho de anti­güe­dad. Pode­mos sen­tir afecto por una per­sona por el sim­ple hecho de com­par­tir mucho tiempo con noso­tros, aun­que esa per­sona nos escla­vice o sea cruel con los demás. Ay del novato que insulte una vez a un cliente; le cae­mos encima, pero será fácil bus­car excu­sas cuando el que trata mal, cons­tan­te­mente, a todo el mundo, sea uno de esos “de toda la vida”.

Una expli­ca­ción

Hace un mes comencé la lec­tura de “Los cua­tro amo­res“, de C.S. Lewis. Mi idea era apren­der más del amor, en el sen­tido de pro­fun­di­zar en los aspec­tos salu­da­bles y espi­ri­tua­les del amor, para ser capaz de apre­ciar mejor sus suti­les fragancias.

Pero viene el bueno de C.S. Lewis, y me echa un buen jarro de rea­lismo. Y un rea­lismo nece­sa­rio. ¿Amas a tu perro? Está bien… pero ¿sacri­fi­cas a alguien por el amor a tu perro? ¿Eres un buen amigo? Está bien… pero ¿a quién exclu­yes? ¿Quie­res a tu hijo? Está bien… pero, ¿sig­ni­fica eso que la escuela tenga que sopor­tar sus defec­tos?… por­que ves sus defec­tos, ¿ver­dad? ¿Quie­res tener ami­gos? Está bien… pero ¿estás dis­puesto a todo? ¿a todo?

Espero habe­ros ani­mado a pen­sar, no a que estéis de acuerdo con­migo, sólo por­que tengo un blog muy chulo. Y es que quiero mucho a mi blog, y tam­bién a los visi­tan­tes de mi blog. Sobre todo a los que me ponen cosas boni­tas en los comen­ta­rios y me hacen ret­weets, y com­par­ten en face­book y se lo reco­mien­dan a sus ami­gos. Os quiero tanto, por­que claro, los otros es que no nos entien­den, los pobre­ci­tos, ¿verdad?

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  • los peli­gros del amor

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