Sabiavida

Sabiduría en práctica | Miguel de Luis

Sin corazón

| 13/11/2011
Árbol Seco y misterioso

CC –nc –sa –by slimmer_jimmer

Érase una vez…

En Cobieya, en los años del Rey San­cho el Gue­rrero, aún seguían una anti­gua norma que dis­po­nía que un niño se hiciera adulto a los doce años. Pizco tenía 11 años y 364 días, pero no le preo­cu­paba nada por­que era el prín­cipe. Lo único que lamen­taba es que a par­tir del día siguiente no le sería per­mi­tido jugar nunca más. Pizco con­vocó a sus ami­gos a jugar por última vez en el bos­que. En la segunda hora de la mañana, Pizco toda­vía les espe­raba, cuando vio a un hom­bre ves­tido con una túnica roja, acer­cán­dose mon­tado en un escudo volador.

-¿Quién es usted? –Pizco pre­guntó al recién lle­gado. Pero el extraño res­pon­dió con una sola palabra

–Rín­dete.

Pizco des­en­vainó su espada. El extraño son­rió y susu­rró una pala­bra mágica. Justo des­pués a Pizco se le cayó la espada de la mano, su brazo dere­cho col­gaba del hom­bro sin vida. Enton­ces Pizco se vol­vió y salió corriendo, esqui­vando los árbo­les que encon­traba. El extraño tocó su pro­pia pierna dere­cha. Pizco cayó de bru­ces sobre la tie­rra. El brujo se apeó del escudo y se acercó len­ta­mente. El niño toda­vía tra­taba de esca­par, arras­trán­dose con el único brazo y la pierna que toda­vía podía mover hasta que el hom­bre lo alcanzó y le dio la vuelta de una patada.

-¿Te rin­des ahora?

Pizco lanzó un pun­ta­pié que hizo retro­ce­der al hom­bre excla­mando mal­di­cio­nes. Enton­ces el brujo aca­ri­ció su rodi­lla y se llevó un dedo a los labios. Pizco estaba aca­bado. Ya no podía moverse ni hablar, sólo ver como se apro­xi­maba el señor de la magia.

–Tenme miedo, pero no te preo­cu­pes por tu vida.

Dicho esto, aga­rró al pobre Pizco y lo ató al escudo vola­dor. Des­pués saltó encima y con un guiño lo hizo des­pe­gar. Tras un largo viaje, Pizco y el brujo sobre­vo­la­ron una tie­rra de nie­bla, pan­ta­nos, arro­yos tor­tuo­sos y árbo­les mor­te­ci­nos que se aga­rra­ban a la vida bajo una llu­via ince­sante. En medio de todo, se erguía una gigan­tesca torre de pie­dra. El brujo llevó al escudo vola­dor a la azo­tea, bajó y entró en la torre. Durante horas, Pizco se quedó solo atado al escudo, bajo la llu­via, el viento y los aulli­dos dis­tan­tes de los lobos.

Al fin apa­re­ció una chica des­calza, ves­tida solo con una túnica de tela vaquera, larga hasta las rodi­llas, tem­bla­bando de miedo y frío. –Tengo que meterte den­tro, –le dijo y luego le ató una venda en los ojos.

Cuando Pizco pudo ver de nuevo, yacía sin camisa sobre una cama de pie­dra. A su izquierda el brujo alzaba un jarrón de barro rojo. Los muros y techo esta­ban cubier­tos de extra­ños sím­bo­los. A sus pies, en una mesita había otro jarrón, como el que alzaba el brujo, pero de color ama­ri­llo ocre.

–Venga tu alma a las tie­rras oscuras

–Según el brujo comenzó su blas­femo canto, Pizco trató de levan­tarse con todas sus fuer­zas, pero seguía inmó­vil. El brujo colocó el jarrón sobre el pecho de Pizco.

–Así sea — dijo al terminar.

Pizco ya no más sin­tió su cora­zón den­tro del pecho, sino sobre éste, latiendo den­tro de la vasija roja. Le llevó un segundo enten­derlo que pasaba, el mismo segundo que tardó el brujo en reti­rar el jarrón. Le habían robado el cora­zón e iba a morir.

El brujo vol­vió con el jarrón ama­ri­llo y lo apoyó, como había hecho con el otro, sobre el pecho del niño.

–Tenme miedo — le dijo y en ese mismo ins­tante un nuevo cora­zón, enfermo y cobarde latió den­tro del chico que len­ta­mente cayó en un pro­fundo sueño.

Cobarde

Pizco des­pertó dos días más tarde sobre un col­chón viejo colo­cado sobre el suelo. Ves­tía sólo una pobre túnica azul, como la niña que le había lle­vado den­tro y que enton­ces le hablaba.

-¿Cómo te llamas?

–Pizco.

-¿Te duele?

–No, sólo estoy muy cansado.

–Es nor­mal, toda­vía se te está pasando el efecto del hechizo.

-¿Dónde estoy? ¿Cómo te llamas?

–Me llamo Aras y estás en el dor­mi­to­rio 22A de la Torre del Señor Añi­cos, el brujo. Estás aquí por­que el señor Añi­cos quiere que seas su esclavo y tra­ba­jes para él. ¿Pue­des levantarte?

–Creo que sí.

–Por favor, intén­talo. Te ayu­daré. Pizco con­si­guió levan­tarse tras dos minu­tos de sudo­res. Sus pier­nas tem­bla­ban por el esfuerzo y la cara se le había que­dado blanca como una pared.

-¿Tie­nes miedo, Pizco?

–Sí, pero no sé por qué.

–Tie­nes miedo a des­obe­de­cer al brujo. Es tu nuevo cora­zón, te con­vierte en un cobarde, como todos los demás, como yo.Pero no te preo­cu­pes, haz siem­pre lo que quiera el señor brujo y no ten­drás que pasar tanto miedo.

El labo­ra­to­rio

Tras cami­nar tres pasi­llos y bajar cua­tro esca­le­ras, Aras y Pizco entra­ron en el labo­ra­to­rio. La habi­ta­ción ocu­paba un piso entero de la torre, así que habría pare­cido enorme de no haber estado llena por un hor­mi­guero entero de niños, cen­te­na­res de máqui­nas estruen­do­sas, y dece­nas de hor­nos de fun­di­ción. Hedía a sudor y a azu­fre, el aire ardía y el ruido te impe­día pen­sar, pero Pizco, a lo único que tenía miedo, era a no estar ahí. Aras le enseñó a Pizco su pri­mer tra­bajo. Con­sis­tía en car­gar una carre­ti­lla con polvo rojo y lle­varlo a un horno de fun­di­ción, una y otra vez. Con ese polvo se hacían unas pas­ti­llas gran­des como galle­tas, que todo el mundo lla­maba medi­ci­nas aun­que nadie se lo creyera.

Todos tene­mos los cum­plea­ños parados

Pizco supo que el tra­bajo estuvo ter­mi­nado trece horas des­pués, cuando ya no temía des­can­sar. Fue al come­dor con los demás, donde los niños encar­ga­dos de la cocina ya habían ser­vido la cena. Se sentó junto a Aras y otros cien niños en una de las lar­gas mesas de madera y sólo enton­ces se atre­vió a bom­bar­dear a su nueva amiga con preguntas.

-¿Son todos niños aquí?

–Sí, todos salvo el señor brujo, claro. Todos los demás tene­mos doce años menos un día.

-¿Mañana cum­plís todos doce años?

–No, no hay cum­plea­ños. Todos tene­mos los cum­plea­ños para­dos y tú tam­bién. El señor brujo piensa que es lo mejor para él.

-¿Dónde está el señor brujo?

–Nadie lo sabe. Y es mejor así. Da miedo verle.

-¿Y si no hay guar­dias por qué no escapamos?

-¿Esca­par­nos? ¡No! Nadie puede. No quiero. ¿Sabes lo que pasa­ría si tra­ta­ras de escaparte?… — Aras no pudo ter­mi­nar la frase, llo­rando y tem­blando miedo. Poco des­pués a Pizco le pasó lo mismo. Nada le daba tanto miedo como escapar.

Los héroes van más allá de lo justo

Cinco años más tarde, Pizco tenía aún doce años menos un día. Como el resto de los niños había tra­ba­jado todos los días para el brujo, al que no habían visto nunca. Sólo la lle­gada de un nuevo chico o chica de casi doce años cada dos o tres meses, mos­traba que el brujo seguía allí. Pizco pen­saba que nunca se atre­ve­ría a esca­par. Tam­poco creía que nadie ven­dría a res­ca­tarle. Y si lo hicie­ran esta­rían espe­rando a un valiente prín­cipe de die­ci­siete años, no a un niñito asus­tado. Ese día, cuando esta­ban aca­bando de tra­ba­jar, los niños escu­cha­ron los pasos de un adulto bajando las esca­le­ras. Todos se para­li­za­ron; algu­nos se tira­ron al suelo, unos pocos rom­pie­ron a llo­rar, nadie se atre­vía ni a rezar. “Pizco, leván­tate y ven con­migo, por favor”. Pizco se quedó quieto, pero muchos de los niños, incluida Aras le toma­ron de bra­zos y pies, lo deja­ron fuera y cerra­ron la puerta.

–Tie­nes que ir –le decían –si no, será malo para todos.

–Pizco, leván­tate y ven con­migo, por favor –repi­tió la voz desde las escaleras.

Pizco por fin, deci­dió ir. Encon­tró una mujer con alas de ángel, ves­tida de oro y plata.

–Seré bueno –dijo Pizco –por favor, no me haga nada.

–Me llamo Gabriela. Me voy a sen­tar aquí — dijo la mujer ángel.- Si quie­res pue­des sen­tarte con­migo. Cuando se sentó Pizco, Gabriela le explicó lo que que­ría de él.

–Vale, Pizco, a los ánge­les no nos gusta sen­tar­nos. Es una lata, nunca sabes donde poner las alas, así que seré rápida. Dios quiere que seas un héroe. ¿Qué por qué tu? Chico, ni idea, cosas del jefe.

–Pero no puedo ser un héroe, soy un cobarde.

-¿Y qué?

–Pues que los cobar­des no son héroes.

–Bueno, esto es lo que tie­nes que hacer. Vas a la habi­ta­ción del señor brujo y le cam­bias su cora­zón. Lo mismo que él te hizo. Gabriela tuvo que usar todos sus pode­res para evi­tar que Pizco se des­ma­yara de miedo… y fra­casó. Diez minu­tos más tarde, Pizco se des­pertó temblando.

-¿Lo ves? Soy un cobarde. No puedo hacerlo.

–No, no me has con­ven­cido. Es que Dios me ha dicho que pue­des y claro, el jefe es el jefe. Nos vemos esta noche, ahora me tengo que ir a muy, muy, muy arriba. –Dicho eso Gabriela se disol­vió en el aire.

Se hizo de noche. Todos fue­ron a la cama. Pizco no podía dor­mir. Al final se escu­rrió del col­chón y salió de pun­ti­llas del dor­mi­to­rio. No lo había pla­neado, pero en ese momento vio las esca­le­ras y deci­dió subir­las. Como estaba en ello, siguió ade­lante len­ta­mente – tan len­ta­mente que a veces se daba la vuelta — hasta que llegó a la puerta de la habi­ta­ción del brujo. Y allí se quedó, quieto como un maniquí.

Enton­ces, sobre la puerta del brujo, se formó la cara de Gabriela que le guiñó un ojo y susu­rró –El jefe cree que sería bueno que abrie­ras la puerta.

Pizco res­pon­dió con otro susu­rro –Pero es que no tengo llave.

–Por lo menos empuja.

Pizco empujó. La puerta se abrió en silen­cio. La habi­ta­ción nunca le había pare­cido tan ate­rra­dora en los días que le había tocado lim­piarla. Antes ni estaba oscura y ni tam­poco estaba el brujo. Ahora podía ver su oscura forma y escu­char sus ron­qui­dos. Pizco entró tem­blando, fue al arma­rio donde el brujo guar­daba los jarro­nes rojos y tomó uno vacío. Seis veces fue a la cama del brujo y seis retro­ce­dió. A la sép­tima caminó con los ojos cerra­dos y quedó ante el pecho de su ate­rra­dor enemigo. De un golpe el chico puso la vasija sobre el cora­zón del mons­truo y susu­rró –Dios, ayúdame.

El brujo Añi­cos se des­pertó. Dema­siado tarde, su cora­zón ya estaba den­tro de la vasija, aún latiendo. Pizco veía como cre­cían de miedo los ojos del brujo. El mal­vado se iba a morir. Gabriela apa­re­ció al otro lado de la cama sos­te­niendo otro jarrón rojo.

–Pizco rápido, Dios no quiere que este hom­bre muera. Con­fuso, Pizco dejó la vasija donde latía el cora­zón del brujo y tomó la que Gabriel le ofre­cía y se la llevó al pecho. Enton­ces lo supo. — Por favor, éste no, éste es el mío, el de ver­dad. Gabriela se quedó en silen­cio, sin son­reír ni ponerse seria. – Pero no es justo.

–No, no lo es. Los héroes van más allá de lo justo.

Pizco dejó el jarrón con su ver­da­dero cora­zón, aún latiendo, sobre el pecho del brujo. Justo enton­ces Gabriela des­a­pa­re­ció, dejando a Pizco con­ge­lado de miedo. Dos segun­dos des­pués, el brujo saltó de la cama y le aga­rró por el cue­llo estran­gu­lán­dolo con toda su furia. Pizco res­pon­dió con mil puñe­ta­zos. La lucha siguió durante cua­tro terri­bles minu­tos; las fuer­zas del niño se des­ha­ciendo hasta que un último golpe no con­si­guió sino hacer reír al brujo.

-¡Adiós! –gritó éste complacido.

De repente, Pizco estaba libre. Añi­cos le había sol­tado y yacía en el suelo llo­rando. Tenía un nuevo cora­zón, el de Pizco que era más fuerte que todo el mal que había hecho durante muchos siglos. Añi­cos lloró siete horas más, salió corriendo y nunca más lo vieron.

Pizco devol­vió a cada niño su ver­da­dero cora­zón. Al día siguiente tuvie­ron la más grande de todas las fiestas de cum­plea­ños, con miles de tar­tas hor­nea­das por ánge­les, todas con doce velas. Des­pués cada uno se fue a su casa. Pizco vol­vió al pala­cio. Al prin­ci­pio nadie le creía, pero cuando apa­re­ció Gabriela y le explicó al Rey San­cho la ver­dad todos se ale­gra­ron de vol­verlo a ver.

Pizco cre­ció y se hizo Rey. A pesar de sus mie­dos, por­que toda­vía tenía su cora­zón de miedo, fue un buen Rey. Nunca puso en peli­gro a su reino y cuando algún rey mal­vado ata­caba pre­pa­raba con tanto cui­dado las bata­llas que Cobieya siem­pre salía vic­to­riosa. Este es el final de esta his­to­ria que es tan cierta como cual­quier cuento. Y si alguna vez te pier­des y aca­bas cerca de una gran torre, no ten­gas miedo. Con lo único que debes tener cui­dado es con una vasija de barro que yace en el suelo entre ara­ñas por­que si cam­bia­ras tu cora­zón por el de la vasija te con­ver­ti­rías en un brujo, pode­roso, pero malvado.

Fin

Notas

En este cuento exploré el tema del valor, de lo que sig­ni­fica ser un héroe y de la espe­ranza y es que cuando hace años que se ha dado todo por per­dido, apa­rece un ángel.

Infor­ma­ción

Pala­bras: apro­xi­ma­da­mente 2100

Pági­nas: 8

Género: Infan­til, Miedo, Religioso

Fotó­grafo

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Tér­mi­nos de búsqueda:

  • la chica con­ge­lada no podiA moverse
  • lite­ra­tura juve­nil gratis

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