Sabiavida

Sabiduría en práctica | Miguel de Luis

Un sorteo

| 04/11/2011

boleto muerto

niño dueño de sueños

ilu­sión viva

Observo a un niño de diez, once, doce qui­zás; no, un poco menos. Lla­man a la puerta. Es un impro­vi­sado ven­de­dor de bole­tos de un sor­teo; de esos que orga­ni­zan para tra­tar a una niña de no sé que enfer­me­dad. El mucha­cho sabe que todo puede ser men­tira, junta el menu­deo de sus bol­si­llos y com­pra lo que le alcanza: un boleto.

El ven­de­dor le agra­dece su com­pra. ¿Hay una lágrima pug­nando por salir de sus ojos? Qui­zás; qui­zás el niño lo sueñe. No puede ser por el boleto, no valía tanto, será otra cosa u otro alguien.

Se des­pi­den. El mucha­cho cie­rra la puerta, lee el texto del boleto, pro­mete pre­mios que a él son inal­can­za­bles: un tele­vi­sor inmenso, hay más cosas, pero él sólo se fija en el tele­vi­sor, que podría ser suyo. Son­ríe. Luego toma el boleto y lo rompe en ocho peda­zos y lo tira a la pape­lera es muy caro, si me toca a mí, no ten­drá que comprarlo.

Sé que den­tro de diez, veinte, treinta, cua­renta años des­pués, ya hecho un hom­bre, vol­verá a sor­pre­sas, a la buena de Dios, este recuerdo al mucha­cho y son­reirá su alma recor­dando quien es y de él se ali­men­tará su mente para ser quien debe.

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