Sabiavida

Sabiduría en práctica | Miguel de Luis

Cómo ser feliz si los planes descarrilan

| 13/01/2012
Un niño salta en una estación de tren

CC –Frank Juarez

La vida zombi

Hace mucho, mucho tiempo, cuando este blog era joven y her­moso, publi­qué un artículo titu­lado ¿Vives la vida zombi?. En él hablé de los per­ni­cio­sos efec­tos del virus zom­bi­fi­ca­dor, que resulta de afe­rrarse dema­siado a las cosas, a las expe­rien­cias o a las pers­pec­ti­vas; sería, como, por citarme a mí mismo…

Pue­des estar viviendo en un mundo que ya no existe. Luchando la gue­rra que no es, como los Fran­ce­ses, per­fec­ta­mente pre­pa­ra­dos en 1940… para la pri­mera gue­rra mundial

La mini-vida zombi

El tono de mi artículo daba a enten­der de que tene­mos que estar aten­tos a los gran­des cam­bios de la vida. No es de extra­ñar, enton­ces estaba atra­ve­sando por gran­des cam­bios, y mi post estaba tan diri­gido a mis lec­to­res como a mí mismo. Últi­ma­mente mi vida es más previsible

—¿no que­rrás decir aburrida?

—no, quise decir pre­vi­si­ble. O mejor aún…

—abu­rrida

—no, cons­tante. Por ahora, la cri­sis me ha dejado tran­quilo toco-madera-muchas-gracias.

Y sin embargo hay momen­tos en los que caigo en mis momento zombi. Sucede cuando tenía pla­neado hacer una cosa y me resulta otra. Es mi sobrina —tío, ¿me pue­des dar clase de inglés?. Es la ben­dita inter­net que va lenta, o es sim­ple­mente que me sen­ta­ron mal las len­te­jas y no tengo ganas de escri­bir, y enton­ces tengo que rezar y luego coger la bici­cleta y todos esos hábi­tos mecha-chupe-guay de la muerte de los que tanto pre­sumo y me siento ahogado.

Agua

Es momento de fluir, como el agua. A veces los seres huma­nos nos acos­tum­bra­mos a ser un tren y si las vías se rom­pen nos entra el pánico. No de correr en círcu­los agi­tando los bra­zos, que eso da mucha ver­güenza, pero sí de sen­tir un des­agra­da­ble sin­sa­bor con noso­tros mis­mos. Como si pudié­ra­mos domi­nar el mundo, o incluso como si debié­ra­mos hacerlo.

Pero no somos un tren, ni siquiera somos un río; no hace falta que siga­mos un cauce sólo por­que esa sea nues­tra cos­tum­bre. Los seres huma­nos somos como el agua, capaz de adap­tarse al mundo, fun­dirse con el barro, eva­po­rarse si es nece­sa­rio, para ser aire y res­pi­rar y seguir siem­pre adelante.

Los pla­nes están bien, nos guían, nos sim­pli­fi­can el mundo y nos ayu­dan a deci­dir más rápido y todo eso, pero recuerda que no eres un tren, que tenga que seguir las vías. Eres más bien como el niño que corre junto a las vías; cuando éstas se aca­ban, cie­rra los ojos, res­pira, son­ríe, vuelve a mirar y des­cu­bre una nueva aven­tura.

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