Sabia Vida
El valor de la valentía

Niño soldado herido en la batalla de Gettysburg

La urgencia de la valentía

La valentía pasó de moda en algún segundo de los ochenta. Se dice que está vieja, que es sospechosa por asociación de toda clase de guerras, represiones y dictaduras, que, —como mucho— es una virtud para emergencias y para héroes. El mito va así: Sombrero Negro llega al pueblo, mata al sherif y arrasa la ciudad y nadie puede ponerle freno hasta que aparece Sombrero Blanco que, con aplomo increíble, acaba con el malo. Y, entonces, tras de la victoria de Sombrero Blanco, los buenos pueden volver a la bondad. Fin.

En la vida real esto no funciona así, de ninguna manera, entre otras cosas porque, mientras esperaban a Sombrero Blanco, los buenos ya habían dejado incumplida su responsabilidad.

La valentía amiga de la honradez

La valentía es la virtud que se encuentra en el punto medio entre la temeridad y la cobardía. Definida así, vemos que podemos fallar por exceso o por defecto. No es valiente una persona de ochenta años que se enfrenta a un ladrón con sus puños, sino más bien temerario. Lo que debería hacer es llamar a la policía, porque Sombrero Blanco no puede resolverlo todo solo. El ejemplo es obvio, pero lo es porque los datos son objetivos y claros; sin embargo cuando no tenemos información o cuando ésta es engañosa, el ejercicio de la valentía se vuelve cuestión de capricho y azar.

Ejemplos, ¿debo ponerlos? La niña a la que humillan y el resto de la clase no dice nada, la ilegalidad que se comete en una administración a ciencia y paciencia de todos, a veces incluso de los administrados, sin que nadie encabece una protesta, las alcaldadas que no se critican y hasta se defienden porque las comete uno de los nuestros, las triquiñuelas del deporte profesional que, de acostumbrados que estamos, ya ni criticamos y hasta, y sobre todo, el premiar a quien nos engaña.

Sí, premiamos a quien nos engaña, ya sea lavando más blanco o mediante productos light, pero sobre todo premiamos al político y al troll que nos trata como niños pequeños. El caso es que, ¿cuántas veces escuchamos a alguien proponer una política en la que nos alerte de sus costes y peligros? Hospitales, carreteras y escuelas tienen un coste económico evidente, pero que, si analizas los discursos pareciera que viven del aire, de la buena voluntad, o del dinero que aparecerá por la magia blanca de la Bruja Endeuda. Se proclaman ambiciosos programas educativos cuando no existen profesionales preparados para impartir o no se entiende que para dar más matemáticas hay que dedicar menos tiempo a lengua.

Refugiados sirios

Los refugiados sirios van a ser, me temo, la vergüenza de nuestro tiempo, como fuera antes lo de Ruanda y Rhodesia, Biafra, la persecución de los judíos y desmanes innumerables. No vivimos en el mundo de fraternidad en que creemos vivir, lo cierto es que somos peores de lo que nos creemos y, en parte, es por cobardía. Se pueden contraponer muchas excusas de mal pagador, —que se conocen porque quien no puede pagar cien, paga veinte si veinte tiene, mientras que el mal pagador interpondrá lo que sea para no pagar nada. Sí, es cierto que ni Europa, ni desde luego España, puede detener la guerra en Siria, pero no hemos hecho lo bastante para ayudar. También es cierto que no podemos acoger a todo el mundo en una sola ciudad, pero es que las cifras de recepción de refugiados en España son ridículas hasta dar vergüenza.

Historias y guerras

Quisiera recordar el triste caso del ministro de asuntos exteriores de Japón que votó a favor de la guerra contra Estados Unidos a pesar de estar en contra. Es irrefutable que falló a su responsabilidad ética. Recordemos la situación: el Imperio Japonés, —embarcado en una guerra terrible contra China—, se enfrenta a un ultimátum americano que significaría el hundimiento de su economía por la falta de recursos. Ante esta tesitura, el gabinete japonés, incapaz de alcanzar la paz con China —en la más favorable de las hipótesis—, y creyendo, —no sin causa—, que los Estados Unidos le están provocando a una guerra, se decide por el ataque a Pearl Harbor. Sin embargo esta decisión no podía haberse alcanzado sin el voto del ministro que tan tristemente pasa a la historia. ¿Habría cambiado algo su oposición? En cualquier caso habría alcanzado la victoria de cumplir con su propio deber.

La misma guerra, la guerra agresiva se ejerce precisamente por miedo, a veces lo comprensible que usted quiera, pero igualmente devastador. Es mi opinión que el miedo, el miedo de los políticos alemanes al reforzamiento de la Rusia imperial, es una de las causas fundamentales de la Gran Guerra. Incitan a que Austria declare la guerra a Serbia porque prevén que Rusia se verá en la obligación de defender a su aliado y entonces serán ellos los que tengan que salir en defensa de Austria. La guerra que Japón lleva contra China tuvo también causa en la posibilidad de que China se uniera y acabará expulsando a los Japoneses de Manchuria. Lo irónico es que la actuación agresiva del Japón imperial acabó acelerando ese proceso.

Responsabilidad y refugio

Respondiendo a Caín, sí, somos el guardián de nuestro hermano y doy por sentado que tenemos una responsabilidad para con todos que debemos ejercer con prudencia y conocimiento. Abrogar de esta responsabilidad supone caminar en el sendero de la depravación; ejercerla significa al menos tener la oportunidad de ser quienes debemos ser, aunque luego puedan existir equivocaciones por el camino. Hacer el bien es más que no hacer el mal. Tampoco las piedras hacen mal y no por eso se dice que sean buenas.

El eterno miedo al pobre

Lo cierto es que los refugiados siempre despiertan miedo. Cuando los republicanos españoles huyeron a Francia se le admitió, pero encerrándolos en campos de concentración, enviándolos a colonias o facilitando que emigraran a cualquier otro lugar. Cuando ciudadanos americanos del centro de Estados Unidos huían de la devastación de las crisis en la década de los treinta, California hizo todo lo posible para cerrarles las puertas. Ahí no se podía hablar de racismo ni de xenofobia, y sí de un pisoteo a los derechos de los ciudadanos solo por donde han nacido.

Peor para los Sirios

El caso de los refugiados sirios es diferente. Apenas están protegidos por el derecho internacional y, éste, en realidad solo puede proteger a los que no necesitan protección; todas las solemnes declaraciones de los estados se quedan en propósitos de año nuevo en cuanto surge un verdadero problema. Y luego, además de esta común pauperofobia, los sirios tienen que enfrentarse a discriminaciones por razón de extranjería, raza y religión. Pero todo esto, con ser mucho, no alcanza a explicar porque están sufriendo frío a las puertas de Europa o porque naciones que hace no tantos años estaban suplicando porque se acogieran a sus refugiados: Hungría, Checoslovaquia, la propia Alemania Oriental, se cierren ahora al sufrimiento de otros.

Cómo afrontar el miedo

Lo primero y principal es decir la verdad, toda la verdad, no solo la parte que nos gusta. Sí, no todo en el mundo islámico es bonito y hay entre esto un terrorismo feroz y desesperado que nos tiene a todos los demás, —otros musulmanes incluidos—, en su punto de mira, bajo la amenaza de su misión o exterminio. Y sí, existe la posiblidad de que entre los refugiados se cuelen criminales y terroristas. Pero es que exactamente lo mismo pasa con el turismo o el comercio y a nadie se le plantea entorpecer a ninguno de estos dos porque, francamente, dan dinero.

Sin embargo las posturas vociferantemente enfrentadas parece ser de las ignorar los riesgos o de ponerles zancos a los demonios para que parezcan más grandes. Nadie ofrece valor, nadie quiere arriesgarse a que su sociedad pueda actuar con valentía y esas es una forma de cobardía como otra cualquiera.

Por eso es nuestro deber exigir que nos digan la verdad. Cada vez que admitimos que nos digan una mentira dulce nos preparamos para la cobardía y le hacemos el caldo gordo a quienes nos quieren esclavizar, ya sea a cara descubierta, ya sea proclamándose nuestros salvadores, proclamándose el Sombrero Blanco esperado, que asuma nuestra responsabilidad, protegiéndonos de todo peligro.

A veces me pregunto que hubiéramos hecho nosotros de vernos trasladados a la segunda guerra mundial, con sus millones de muertos, en la que cualquiera de los atentados, hubiera pasado como una nota quizás extraña, pero secundaria, en los periódicos. Ah, han matado a quince, bueno, al menos no es como lo la ciudad que quemaron ayer. Lo cierto es que nuestro mundo es y seguirá siendo peligroso; y aunque se reduzca su peligrosidad, seguiremos necesitando la valentía como pueblos y como individuos para vivir vidas dignas.

Nuestra tarea es recuperar la valentía como valor a destacar, no ya para guerras y guerreros, sino para la vida ordinaria, ya sea en la esfera pública como en la personal. Valor para poder construir nuestra propia andadura y responder a los desafíos que nos encontremos. El primer paso para este camino es la honradez; debemos conocer ventajas y riesgos para poder elegir sabiamente pero, más aún, desde la mentira solo podemos ser cobardes, porque si nos dicen que todo va bien, no estaremos preparados ante lo malo y cualquier contratiempo parecerá insostenible, y si nos dicen que todo será un desastre, que es al mismo odio que nos enfrentamos, nuestra respuesta será siempre la del miedo: huir o pelear. Y en ocasiones ninguna de las dos es la adecuada.