Sea ésta una lectura amable de Viejas historias de Castilla la Vieja, de Miguel Delibes y con eso me conformo, pues salvo el hecho de ser persona no se me ocurre otra justificación para poder hacer una critíca a ese maestro. Se trata de un libro pequeño en extensión y dimensiones, pero profundo, en el que cada palabra ha sido escrita con el amor de la lumbre y la sabiduría de los tiempos.
Un emigrante que rememora la Castilla de su niñez a principios del siglo XX a golpe de anécdotas e impresiones visuales da entrada a un puñado de otras historias. Un niño que acaba encadenado dos días por no querer estudiar ni trabajar en el campo — buenas se las gastarían entonces con los “ninis” de ahora; una chica que es proclamada santa y mártir por el cura local al morir “defendiendo su pureza” y a la que las gentes del lugar acaban atribuyendo milagros tales como encontrar objetos perdidos. Si alguna vez se hiciera algo como Doctor en Alaska en España, debería hacerse en un pueblo de Castilla. Y es que te encuentras con la misma sensación de estar en otro mundo, de ser sumamente extranjero y, sin embargo, de haber vuelto al origen de todo.
Delibes
Riqueza de léxico, hasta el punto de obligarme a consultar el diccionario como si fuera un alumno de secundaria. No se trata de palabras pijas terminadas en logía y que sólo conocen los expertos, sino vocablos populares de campo, que han sido olvidados por los que vivimos en ciudad.
Amor al mundo rural y a la propia tierra. Es imposible leer a Delibes y no enamorarse de Castilla, su visión es tentadora, contagiosa, como cuando de niño alguien te hablaba de un jardín secreto, como si en vez de Castilla te hubieran hablado de Narnia o Samarkanda.
Un estilo sobrio y al mismo tiempo lleno de sutiles recursos. Faltan las frases rebuscadas, faltan las construcciones complejas y sin, embargo, como la misma tierra de la que habla, hermosa en su simplicidad.
Unas historias que transmiten profundidad precisamente por limitarse a sus aspectos esenciales y tomar la apariencia de anécdotas de pueblo. El lector prudente encontrará un tesoro de sabiduría y de una crítica maternal — en el sentido de incisiva pero dulce, a algunas actitudes poco racionales que se nos pueden colar a todos.
Una mirada bondadosa a una tierra la suya que no engrandece románticamente, la muestra tal cual es, tal cual la ama, sin disimular cobardemente sus, por así decir, defectos sino queriendo todo el paquete, como hace el amante maduro, incluso con sus defectos.
Un huevo de pascua
Termina el libro, al menos en su versión de Alianza Editorial con una pequeña sorpresa, un diálogo entre el propio escritor y un cazador de pueblo al que es invitado, como referencia el mísmiso Ortega y Gasset. Así Delibes se situa como incómoda bisagra entre la sabiduría popular y la filosofía más académica dando lugar a un agradable acicate intelectual para la mente de cualquiera. Si bien es verdad que, imagino, lo disfrutarán más los amantes de la caza.
Conclusión.
Dan ganas de acabar como suelen hacer los niños sus resúmenes de los libros leídos para el colegio: “Este libro me ha gustado mucho porque…”, pero mirad si estuviera en el colegio tendría un apuro, porque no sé definir exactamente el porque. Al pronto pienso en su capacidad para trasladarme a otro mundo, luego se me pasa por la cabeza la belleza del lenguaje y por último la profundidad del pensamiento que tiene el sabor del que te abre nuevas luces. Más que un maestro, Delibes te muestra, te da fuerzas, te permite descubrir.
Ya está, os dejo con el maestro,
Pero iba a hablar de las tierras de mi pueblo que se dominan, como desde un mirador, desde el Cerro Fortuna. Bien mirado, la vista desde allí es como el mar, un mar gris y violáceo en invierno, un mar verde en primavera, un mar amarilo en verano y un mar ocre en otoño, pero siempre un mar. Y de ese mar, mal que bien, comíamos todos en mi pueblo. Padre decía a menudo “Castilla no da un chusco para cada castellano”, pero en casa comíamos más de un chusco y yo, la verdad por delante, jamás me pregunté, hasta que no me vi allá, quién quedaría sin chusco en mi pueblo.
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