Sabiavida

Sabiduría en práctica | Miguel de Luis

Viejas historias de Delibes

| 22/07/2011

Sea ésta una lec­tura ama­ble de Vie­jas his­to­rias de Cas­ti­lla la Vieja, de Miguel Deli­bes y con eso me con­formo, pues salvo el hecho de ser per­sona no se me ocu­rre otra jus­ti­fi­ca­ción para poder hacer una cri­tíca a ese maes­tro. Se trata de un libro pequeño en exten­sión y dimen­sio­nes, pero pro­fundo, en el que cada pala­bra ha sido escrita con el amor de la lum­bre y la sabi­du­ría de los tiempos.

Un emi­grante que reme­mora la Cas­ti­lla de su niñez a prin­ci­pios del siglo XX a golpe de anéc­do­tas e impre­sio­nes visua­les da entrada a un puñado de otras his­to­rias. Un niño que acaba enca­de­nado dos días por no que­rer estu­diar ni tra­ba­jar en el campo — bue­nas se las gas­ta­rían enton­ces con los “ninis” de ahora; una chica que es pro­cla­mada santa y már­tir por el cura local al morir “defen­diendo su pureza” y a la que las gen­tes del lugar aca­ban atri­bu­yendo mila­gros tales como encon­trar obje­tos per­di­dos. Si alguna vez se hiciera algo como Doc­tor en Alaska en España, debe­ría hacerse en un pue­blo de Cas­ti­lla. Y es que te encuen­tras con la misma sen­sa­ción de estar en otro mundo, de ser suma­mente extran­jero y, sin embargo, de haber vuelto al ori­gen de todo.

Deli­bes

Riqueza de léxico, hasta el punto de obli­garme a con­sul­tar el dic­cio­na­rio como si fuera un alumno de secun­da­ria. No se trata de pala­bras pijas ter­mi­na­das en logía y que sólo cono­cen los exper­tos, sino voca­blos popu­la­res de campo, que han sido olvi­da­dos por los que vivi­mos en ciudad.

Amor al mundo rural y a la pro­pia tie­rra. Es impo­si­ble leer a Deli­bes y no enamo­rarse de Cas­ti­lla, su visión es ten­ta­dora, con­ta­giosa, como cuando de niño alguien te hablaba de un jar­dín secreto, como si en vez de Cas­ti­lla te hubie­ran hablado de Nar­nia o Samarkanda.

Un estilo sobrio y al mismo tiempo lleno de suti­les recur­sos. Fal­tan las fra­ses rebus­ca­das, fal­tan las cons­truc­cio­nes com­ple­jas y sin, embargo, como la misma tie­rra de la que habla, her­mosa en su simplicidad.

Unas his­to­rias que trans­mi­ten pro­fun­di­dad pre­ci­sa­mente por limi­tarse a sus aspec­tos esen­cia­les y tomar la apa­rien­cia de anéc­do­tas de pue­blo. El lec­tor pru­dente encon­trará un tesoro de sabi­du­ría y de una crí­tica mater­nal — en el sen­tido de inci­siva pero dulce, a algu­nas acti­tu­des poco racio­na­les que se nos pue­den colar a todos.

Una mirada bon­da­dosa a una tie­rra la suya que no engran­dece román­ti­ca­mente, la mues­tra tal cual es, tal cual la ama, sin disi­mu­lar cobar­de­mente sus, por así decir, defec­tos sino que­riendo todo el paquete, como hace el amante maduro, incluso con sus defectos.

Un huevo de pascua

Ter­mina el libro, al menos en su ver­sión de Alianza Edi­to­rial con una pequeña sor­presa, un diá­logo entre el pro­pio escri­tor y un caza­dor de pue­blo al que es invi­tado, como refe­ren­cia el mís­miso Ortega y Gas­set. Así Deli­bes se situa como incó­moda bisa­gra entre la sabi­du­ría popu­lar y la filo­so­fía más aca­dé­mica dando lugar a un agra­da­ble aci­cate inte­lec­tual para la mente de cual­quiera. Si bien es ver­dad que, ima­gino, lo dis­fru­ta­rán más los aman­tes de la caza.

Con­clu­sión.

Dan ganas de aca­bar como sue­len hacer los niños sus resú­me­nes de los libros leí­dos para el cole­gio: “Este libro me ha gus­tado mucho por­que…”, pero mirad si estu­viera en el cole­gio ten­dría un apuro, por­que no sé defi­nir exac­ta­mente el por­que. Al pronto pienso en su capa­ci­dad para tras­la­darme a otro mundo, luego se me pasa por la cabeza la belleza del len­guaje y por último la pro­fun­di­dad del pen­sa­miento que tiene el sabor del que te abre nue­vas luces. Más que un maes­tro, Deli­bes te mues­tra, te da fuer­zas, te per­mite descubrir.

Ya está, os dejo con el maestro,

Pero iba a hablar de las tie­rras de mi pue­blo que se domi­nan, como desde un mira­dor, desde el Cerro For­tuna. Bien mirado, la vista desde allí es como el mar, un mar gris y vio­lá­ceo en invierno, un mar verde en pri­ma­vera, un mar ama­rilo en verano y un mar ocre en otoño, pero siem­pre un mar. Y de ese mar, mal que bien, comía­mos todos en mi pue­blo. Padre decía a menudo “Cas­ti­lla no da un chusco para cada cas­te­llano”, pero en casa comía­mos más de un chusco y yo, la ver­dad por delante, jamás me pre­gunté, hasta que no me vi allá, quién que­da­ría sin chusco en mi pueblo.

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